• Edito Estudiantil

2: El perro

Por: Alejandro Chacón


Ilustración: Edwin Castillo.

Hace un par de años teníamos un perro. Se llamaba Negro. Era un zahuate recogido de la calle. La historia de cómo entró en nuestra familia es divertida. Llegó en uno de mis cumpleaños. La puerta estaba abierta y, así no más, se coló. Éramos algunos niños y de inmediato nos enamoramos del animal. Se paraba en dos patas y suplicaba que le diéramos un poco de pizza. Corría de un lado a otro, moviendo la cola y con la lengua afuera.


Nuestro perro anterior se había muerto de viejo y, una vez acabada la fiesta, a mi madre y a mí nos pareció que era predestinado que ese animal estuviera con nosotros. Supongo que lo mismo sentía él, ya que se quedó en nuestro pequeño patio. Solo tenía una mala costumbre: trataba de follarse todo lo que se le ponía enfrente. Para Negro, las piernas de las personas eran perras en celo, lo mismo que los muebles y cualquier cosa que no fuera una pared. El tiempo pasó y tras algunos regaños, se convirtió en un animal ejemplar. A diferencia de muchos otros perros, tenía una profunda noción de la individualidad. No le gustaba que lo alzaran, pese a no ser muy grande. Tampoco venía si lo llamaban, pero eso para mí no tenía nada de malo. Creo que en otra vida fue un gato.


A pesar de todo, estoy seguro que nos amaba, ya que siempre que salía al patio cuando me sentía deprimido, Negro se tomaba la molestia de saludarme, moviendo la cola. Tal vez no se quedaba mucho, pero aguantaba mis caricias y me lamía los dedos, antes de volver a su labor cotidiana. Fueron unos tres años muy buenos. Mi madre también lo amaba y para ella fue muy difícil aquel día.


Estaban haciendo un arreglo en el techo y habían dejado un montón de madera en el patio. Por alguna razón, el antiguo vicio de Negro regresó y trató de reproducirse con la pila de tablas viejas. Lo escuchamos gemir y salimos corriendo. Con cada movimiento de cadera, se enterraba esos picos de madera y los clavos que sobresalían de ellos. Se empezó a desangrar y pude ver sus intestinos. Su pene colgaba de un trozo de carne y botaba un montón de sangre. Grité. Negro se alejó de la basura, caminando sobre sus patas traseras, parecía un pequeño payaso infernal.


Dios sabe que cosas se le empezaron a salir por las heridas. Daba gemidos. Mi madre tomó la pala que usábamos para enterrar sus excrementos. Le dio un sólido golpe en la cabeza que lo acostó en el piso. No fue suficiente. Con el hocico partido a la mitad, siguió gimiendo. Ella le sembró otro golpe, esta vez le falló la puntería y le dio en el pecho. Sus huesos crujieron. De la boca de Negro salieron chorros de sangre que empaparon los pies de mi madre. Ella alzó de nuevo la pala. Le dio de lleno a un lado de la cara. Le hundió el rostro. Un ojo sangriento sobresalía como una burbuja. Parecía que se estaba riendo. Gemía.


Más palazos le destrozaron la cara, le sacaron todos los colmillos y le cortaron la lengua. Seguía respirando, seguía sacudiendo lo que le quedaba de cabeza. Mi madre puso la pala de manera vertical y con todas sus fuerzas, la hundió en el cuello de Negro. Pudo atravesar la carne, pero le tomó varios intentos partirle la columna. Cada golpe lo hacía saltar y sonaba como un único movimiento de un taladro mecánico.


Tras unos minutos, se quedó quieto. El cerebro afuera. Las tripas... también. Los ojos coronando una masa indiferenciada. El pene cortado. Mi madre soltó la pala. No dijo nada. Se metió en la casa y se encerró en el baño. Me quedé allí varias horas. Con los ojos cerrados. Entiendo sus motivos, no había forma de salvar a Negro, y había que acabar con su dolor, pero desde entonces no me acuesto a dormir sin antes cerrar con llave la puerta de mi habitación.

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