• Edito Estudiantil

Amanda y el caballo de viento

Por: Alejandro Calderón Leal.

Ilustración: Daniela Rojas.


El niño miró ese horizonte infinito de color cobre, ese océano de arena que se extendía desmesuradamente en todas direcciones. Lo único que interrumpía esa vastedad eran un par de grandes colinas. Allí vivían los caballos de viento, criaturas fantásticas, indomables y orgullosas que no dejarían sino a la persona más valiente montarlos. Apenas tenía diez años, pero había visto cientos de hombres rudos que habían tratado de hacerlo, siempre se presentaban muy seguros de sí mismos, cargaban armas y apenas le ponían atención cuando le preguntaban por esos animales, y siempre regresaban todos maltrechos y magullados, y se iban sin decir nada. Ese día en particular, alguien muy diferente apareció. Era una mujer pequeña, pálida, de hombros estrechos y un rostro de líneas fuertes y femeninas. Vestía una falda pomposa, de muchas capas y color pastel, una camiseta sin mangas y un elegante chaleco blanco. Se cubría el rostro con un sombrero que en el medio tenía un lazo rosa. Tenía el cabello teñido de verde esmeralda. Su nombre era Amanda. El niño pensó que seguramente se había perdido o algo así, su ropa no era apropiada para el fuerte desierto, pero le sorprendió al preguntar por esos animales. El niño le dijo que no fuera, que era peligroso, pero ella no hizo más que sonreír, le dio una moneda de oro por la información y se puso en marcha, el niño fue detrás de ella, había sido muy bondadosa y temía que algo le ocurriera.


El niño, a pesar de haberlo hecho muchas veces, siempre había tenido muchas dificultades para escalar la colina, no era muy inclinada, pero el terreno era inestable. Por su lado, esa mujer iba dando elegante brincos, y en varias ocasiones se quedó esperando a que él la alcanzara. Llegaron a la cima. Se quedó con la boca abierta, los caballos de viento eran invisibles, así que de ellos solo se podía ver la arena que sus cuerpos arrastraban y escuchar su galope celestial que sonaba como una tormenta eléctrica. La mujer le señaló el caballo más grande y potente. El niño le dijo que no lo hiciera, pero cuando el animal pasó cerca, para tratar de demostrar quién era el jefe, la mujer saltó sobre él. El animal se sacudió como si fuera un huracán y relinchó furioso. Amanda no se resistió a esos movimientos violentos, sino que los seguía con elegancia, siempre sin soltarse. El niño miró con ojos abiertos esa lucha entre lo fuerte y lo flexible, las grandes faldas de la mujer se sacudían en el aire como las alas de una gran ave. Pasaron horas y horas y ella sonreía y el caballo daba bramidos.


A la mañana siguiente, descendieron del cielo. El caballo del viento se echó en el piso, jadeando, la mujer se bajó de él, hizo una reverencia, quitándose el sombrero. A pesar de ese baile de muchas horas, no parecía estar cansada y seguía viéndose muy elegante. Amanda le llevó agua de un riachuelo cercano y le dio una canasta llena de manzanas. Regresaron al hogar del niño montando el caballo de viento. Al principio le dio un poco de miedo, porque podía ver la gran caída debajo de ellos, pero luego el niño daba gritos de alegría.


Los vio alejarse, a la mujer que se vestía de forma elegante y a su nueva montura, sin dejar de mover su manita, despidiéndose de ellos.


Ilustración: Daniela Rojas Arias

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