• Edito Estudiantil

Aquí al periodismo le hace falta ser más vibrante

A Álvaro Murillo contar historias le despertó como una aventura verniana.

Por: Angélica Castro.


Ilustración: Kristell Faerron.

Dicen que hay dos clases de personas en el mundo: las que usan separadores de libros y las que les doblan las esquinas. Álvaro Murillo es del segundo tipo. Sobre la mesa apoya un imponente volumen que fácilmente sobrepasa las mil páginas, La vida de un periodista, de Ben Braddle, el legendario ex director del Washington Post, y marca una separación mientras me dice que no me preocupe por el retraso, que justamente ayer él llegó una hora tarde a una entrevista. "Son cosas que pasan".

Nos preparamos para la entrevista y, celulares en mano, comenzamos, ambos, a grabar la conversación. Un hábito de periodista, probablemente, parte de conocer el valor de registrar al pie de las letra las palabras de otro. O las propias. Al final le preguntaría cómo se siente "estar del otro lado" de la entrevista y él diría que nunca se siente de ese lado, que siempre es como una conversación. "Sobre todo porque me entrevistan estudiantes de periodismo sobre temas de periodismo".

Visto de frente, Murillo tiene la cara ancha y barbuda, cejas gruesas y brazos y manos grandes. Durante toda la conversación su mirada fluctúa entre ver directamente a los ojos y perderse en algún recuerdo. Como él mismo me diría después, la lengua se le traba al pronunciar la s, pero por lo demás tiene un habla fluida y culta, como si estuviera contando un cuento, o quizás una crónica.


Cuando era niño y le preguntaban qué quería ser de grande, ¿cuál era su respuesta?

Al principio piloto de avión, luego jinete de caballos de carrera, luego no me acuerdo, alguna de estas otras cosas divertidas. Ya en el cole yo decía que yo iba a ser escritor, luego decía que iba a ser abogado, luego decía que iba a ser, oiga usted, mecánico de precisión, luego que ingeniero en aviación. Pero digamos, a mi siempre me han gustado las letras. Leer y escribir también.

La verdad no sé en qué momento pensé en el periodismo, no lo puedo identificar, solo sé que cuando tocaba escoger carrera, puse entre las opciones el periodismo sin estar demasiado convencido. Porque digamos mi familia nunca nada, por ningún lado la cuestión periodística. Pero en algún momento vino por el lado de las letras, como una idea de aplicar el gusto por las letras en cosas con contenido.


¿Qué leía cuando estaba pequeño? ¿Cuál fue el primer libro que leyó?

No le miento, me leí 16 veces Miguel Strogoff de Julio Verne. Fui el raro caso del estudiante que se leyó El Quijote dos veces completo. Y pasaba leyendo, de verdad leía bastante. Julio Verne me gustaba mucho, me hacía conocer cosas que en nuestro país se ven como de otra galaxia. A uno le hablan en un libro de los Montes Urales, de zonas de Siberia, que para uno eran fábulas. Por eso era que me gustaba mucho, pero además porque tenía personajes con mucha identidad y muy marcados.


“Miguel Strogoff, no tenía cañones, ni jinetes, ni infantes, ni bestias de carga. Iría, si podía, en coche o a caballo; si no había más remedio, iría a pie”. Julio Verne, Miguel Strogoff. Ilustración Alexander Chacón

¿Cuántos años tenía cuando lo leyó por primera vez?

Nueve, porque me lo regaló mi maestra de tercer grado con una dedicatoria que a mi me conmueve mucho. Me conmueve no tanto por “ay sí, que lindo, qué montón me quería”, sino porque pocas maestras son capaces de dar en el clavo y entusiasmar tanto a un carajito con una dedicatoria de un libro.

Decía “a usted siempre le va a ir bien. Que la personita que vos sos siempre va a triunfar” y no se qué. Ella siempre recuerdo que decía “una personita de bien”, claro porque era un niño, ahora probablemente diría una persona de bien. Yo no sé si inconscientemente ella me estimuló a leer más y leer más me llevó a lo periodístico y el periodismo me llevó a lo que hago ahora.


¿Cuando usted empezó a hacer periodismo se relacionaba con ese motivo de aventura de Julio Verne?

Si, yo no lo he hecho ni la centésima parte de lo que creo que debería hacer, pero sí he viajado. Sí lo he hecho, sí me gusta y además me gusta viajar raro. Muchas veces solo, verme en necesidades, en necesidad de hablar con gente, de buscarme la vida, de ver donde me voy a quedar. Ahora, también es muy rico irse a quedar a un hotel donde a uno lo atienden completamente, pero esta otra parte me parece muy divertida, además del interés cultural. Para probar cosas nuevas, la diversidad cultural.

Yo creo que aquí nosotros, y eso tiene que ver con qué periodismo hacemos y qué crítica tenemos, los ticos somos un corralito, creemos que el mundo empieza en Paso Canoas y acaba en Peñas Blancas, o aún peor, que empieza en Cartago y termina en San Ramón y ya. Y qué diverso cuando vamos a Puerto Viejo. Y digo, no me refiero solo a cuantos aviones tomamos en un tiempo, porque vos podés tomar muchos aviones, pero la mente no viaja.


¿Cómo fue su experiencia en la universidad? ¿Qué fue lo más valioso que le dejó la carrera?

Yo nunca estuve muy convencido. Recuerdo, todavía la segunda semana de clases, verme sentado en la fuente frente a la biblioteca Carlos Monge, diciendo “¿O me paso a ingeniería civil?” Porque además tenía la suerte de tener una buena nota, entonces eso me hacía ser más indeciso, porque el hecho de que me gustaran las letras no quería decir que me disgustaran los números o que me fuera mal en los números.

Conforme avanzó la carrera vi que me iba bien y empezó a gustarme, pero no tengo un día en concreto, algo que me pasara. Si hay profesores que a uno lo inspiran, pero yo no creo que uno en la U salga, en términos de periodismo, así como que “me enseñó demasiado este profe”. No, es que lo inspiren a uno o le abran los ojos a ciertas áreas o lo empujen.


¿A ser periodista se aprende en la calle o se puede aprender en las clases?

Yo no creo que la academia por sí sola sea capaz de producir un buen periodista. Prepara un buen periodista, pero no lo produce. La calle es otra escuela, es un asunto complementario. También puedo decir que hay buenos periodistas de calle, pero el riesgo de fracasar y convertirse en el cínico que todos tememos estando solo en la calle es altísimo. La academia le pone a uno los marcos y uno en la calle rellena. Para mí eso es.

Tengo amigos, que los quiero mucho, son doctores, sacaron un doctorado, y yo les he dicho: “Ustedes nunca reporteen, por favor. O reporteen para que aprendan”, porque son muy buenos investigadores, académicos y preparan pedagogía. También conozco casos de gente que cree que la calle basta y la calle no basta. En algún momento uno necesita parar y pensar y nada mejor que la academia para parar y pensar.



El segundo semestre del 2015 Murillo impartió por primera vez el curso de periodismo de investigación en la Escuela de Ciencias de la Comunicación Colectiva. Fotgrafía: Angélica Castro.

¿Cómo ha sido la experiencia de dar clases en la universidad?

A mí me ofrecieron la oportunidad y me encantó. Yo creo que uno tiene una experiencia que aportar y justamente por eso, porque uno ya ha estado en la calle, puede venir a tratar de hacer el mezclado con la academia. Pero además para aprender. Yo no siento que esté haciendo aquí un voluntariado ni nada parecido, mi objetivo es casi egoísta, para mí es parar y pensar: “Suave, ¿qué estoy haciendo? ¿qué hay que leer?”. Actualizarme un poco y al mismo tiempo con los estudiantes, usarlos, perdón el verbo, para retarme un poco más.

La ventaja que tiene la U es que aquí los estudiantes lo retan a uno. Aquí uno termina de dar clases, para los que no tenemos mucha experiencia dando clases, uno termina como el teléfono mío en este momento: con 5% de carga, porque uno siente que ahí lo dió. Es otro ambiente, respirar otro aire.


Usted ha trabajado fuera del país. ¿Cuál es la diferencia en los dos lugares, aquí y allá?

Yo hice mi práctica profesional en El País, en España, y yo le puedo decir cómo es El País, o como era porque además eso fue en el 2005, hace 10 años, y ya sabemos lo que ha pasado en el periodismo en diez años; y además en una sección de internacional. Yo alucinaba ahí, yo alucinaba porque de repente tenía “cracks”, de esos maes que yo decía “cuando lo vea le voy a pedir un autógrafo” y de repente estaba yo trabajando a la par de ellos.

Ramón López, Enrique González, Rosa Montero, la tenía al frente. Además, me impresionaba que de repente contestaban el teléfono, Angeles Espinoza contestaba el teléfono y la oía hablar en árabe. Y de repente otro contestaba el teléfono y la oía hablar, Pilar Bonet, en ruso. Y yo claro: “¡¿Esto qué es?!”.

Es por lo que le decía, tenemos una mentalidad de corralito y aquí los medios y el periodismo somos hiper acorralados y además hipercentralistas. Todo desde San José, todo muy mecetero. Usted va a un periódico y con suerte se encuentra a alguien que hable inglés. Ahora, que alguien hable francés es como ver el cometa Halley pasando. Y que alguien hable árabe, obviamente no.

Yo entiendo que la dinámica es distinta, porque El País es un medio internacional, tiene sus corresponsales; ni La Nación ni ningún medio aquí en Costa Rica los va a tener, pero además hay un asunto. Yo creo que los medios tienen que ver con el país que es. Los medios en Costa Rica son como somos en Costa Rica y los medios en España son como son en España y ¿cómo son en España? Son muy diversos, tienen muchos lenguajes, tienen muchos idiomas, identidades nacionales, sensibilidades, la política es mucho más explosiva, aquí la política es como una plastilina. Se mueve pero cuesta. Hay muchas diferencias.


¿Qué piensa que caracteriza al periodismo tico? ¿Es aburrido, es predecible?

Es que es como somos los ticos. Somos tiquismiquis, porque así somos. “No digamos que no sé quién es pelón. No, no, no, calvo. No, digamos que tiene calvicie. No, no, no, que le falta pelo”. Y yo entiendo que hay sensibilidades, que hay que cuidar el lenguaje con las minorías. Yo jamás estoy de acuerdo en llamarle indios a la población indígena o en llamarle inválidos a gente con discapacidad, pero creo que exageramos en Costa Rica.

Estamos hipersensibles y además le tememos al conflicto. Preferimos el conflicto por debajo, el puñalito por detrás, a diferencia de España, donde tienen un deporte nacional que es el conflicto y pelear. Vos ves gente que decís “se van a matar ya, ya, ya”, y de repente paran de discutir, se toman un trago, un café y todo bien. Aquí no.

“Ay sí, me parece que...”, “Yo lo diría... “, “Con todo respeto...” y de ahí pasan dos años sin hablarse, después de una conversación de estas. Entonces yo creo que el periodismo refleja bastante la identidad nuestra, que es poco agresiva, poco provocadora. Aquí al periodismo le falta ser más vibrante.



Hace unos meses publicó un perfil sobre el exministro de la presidencia, Melvin Jiménez, que creó una gran polémica en redes sociales por considerarlo denigrante y ofensivo, ¿es todo parte de esta cultura? ¿usted cree que si las características físicas de él hubieran sido otras la reacción hubiese sido la misma?

Cuando yo hago el recuento de eso siempre digo que yo me equivoqué ahí. De hecho, antes de que se hiciera el escándalo yo ya había tuiteado, había hecho 5 tweets y decía, número uno, esto es un perfil. Yo entiendo que la gente está poco familiarizada con esos géneros, porque casi nunca los hacemos.

Los perfiles llevan descripciones físicas de las personas en la medida en que sirvan para explicar cosas. Desde mi punto de vista el físico de algunas personas acaba siendo importante si yo quiero explicar cosas. En el caso de Melvin Jiménez yo creía que el físico era importante porque yo quería hacer el símil, de hecho el título en algún momento era “Papá Melvin”, que la figura de él era una especie de apoyo. Incluso hay una anécdota que cuenta el actual presidente de la Iglesia Luterana, y aparece en el perfil, donde dice que de repente Melvin, con ese cuerpote que tiene, abraza y lo reconforta. No es lo mismo un abrazo de alguien flaquito y pequeñito que un abrazo de la abuela gorda. Entonces para mí eso es importante.

El error mío fue no haber usado bien ese elemento y haberme excedido en el énfasis al tema de la gordura. Si yo tengo que decir, como lo dije ahí, que él es sopetas, yo lo digo porque yo sé porqué soy sopetas. Es porque tenemos la lengua más ancha y nos cuesta pronunciar la s y el sonido tr. Entonces yo tengo claro con Melvin Jiménez que le pasaba eso también. Alguien diría: “¿Y qué importa? ¿Por qué usted dice que la lengua gruesa de Melvin Jiménez?” Bueno, porque es sopetas.

Yo creo que hay sensibilidades, que hay palabras, Dios guarde aquí en Costa Rica decir la palabra “culo”. Y además yo creo, pero eso ya es una elucubración, que con el tema de la gordura hay algo colectivo, porque si yo hubiera dicho que él es flaco como un mecate, aquí en esta sociedad ser flaco como un mecate es lindo o yo que sé, es chiva. Ah, pero si estoy diciendo que es gordo, uy, uy, le estoy diciendo casi que es la peor persona.

Y además, me faltó decir y ese es un error que cometí, que él mismo me habló de su peso. Él mismo me dijo: “Desde que estoy aquí me siento mejor porque me han regulado el peso, porque como más ordenado, porque me atienden la alimentación. Porque ya no ando haciendo giras y me como empanadas en las sodas”. Él mismo me lo habló y me lo habló con una naturalidad como hablaría yo de donde vivo. Otro error fue no haber previsto la sensibilidad que hay sobre el tema de la gordura, de verdad jamás pude haberlo imaginado.

Eso para mí fue aleccionador porque me recordó que estamos muy poco familiarizados con el género del perfil, me recordó que tenemos manías colectivas, me recordó que no se puede hablar mal del muerto, porque él era para los efectos un muerto, a él lo habían destituido el día antes; y me recordó de la necesidad de perfeccionar el género, porque yo tengo claro que cometí el error de publicar sin una edición rigurosa.


¿Fue muy coyuntural?

Fue un calentón. Yo lo tenía ya reporteado, tenía una entrevista con él y todo y como lo echaron yo dije: sentido de oportunidad, lo redacto, lo publico y pum. Tanto que se publicó solo en web. Mucha gente dijo “Uy, ¿por qué se publicó solo en web?” y empezaron a crear teorías de conspiración.


Ahí entra una pregunta importante: ¿la reacción también tiene que ver con el medio para el que usted escribe?

Yo creo que sí. Si yo eso lo hubiera escrito en Semanario la bronca seguro que hubiera sido también bronca, pero hubiera sido distinta. Si no hubiera escrito eso sobre él, que implica una figura determinada, digamos si hubiera hablado de otra persona, hubiera sido distinto. Y además, hubo un error en los que manejan las redes de Nación, agarraron el peor párrafo, el párrafo que yo admito tiene una equivocación porque hay un sobre énfasis, y ese fue el párrafo que usaron para promover la cuestión en Facebook. Todo mal, después de ahí, todo mal.

Pero bueno, yo traté de tomar lecciones de eso y dije “bueno, de 40 párrafos hay 2 sobre los que cometí un error”. Hay cosas que se pueden hacer mejor, evidentemente, y después de eso publiqué un perfil de Zapata y luego de Mariano Figueres, y yo quisiera seguir publicando, pero es que eso lleva mucho trabajo.


Acá no estamos acostumbrados al periodismo narrativo. ¿Cómo se puede evolucionar a esta forma de periodismo?

Aquí es muy curioso. La gente lee El País y le parece maravilloso, que además son columnas, que maravillosa esta columna, pero si la hace un periodista de aquí o se hace ese tipo de texto, le dicen que es un opinador, que eso no es periodismo, que eso es editorial. Es muy raro. Tiene que ver con nuestra pose tica. “Uy no, usted no puede mostrar su subjetividad”. El periodismo es subjetivo, punto. Aquí nos hemos comido el cuento del periodismo objetivo. Vayan, busquenlo donde exista y se van a dar cuenta que no existe en ningún lugar. Yo si creo que hay que hacer un periodismo honesto. Una cosa es ser subjetivo y otra es ir y hacer un periodismo de intención.

Yo llego aquí y a usted quizás le llame la atención un rasgo mío. “Mirá que raro habla este mae o mirá el libro que está leyendo”. Pero todos tenemos miradas distintas y vamos a poner el énfasis en cosas distintas y en cosas que nos llaman la atención. Eso son subjetividades, no estamos familiarizados y el periodismo narrativo va con eso. La mirada en el periodismo narrativo es la sabia. Mucha gente dice que la pluma, que que lindo que escribe. No me joda, es asunto de mirada, el mejor periodismo narrativo se hace afinando muchísimo la mirada. Y aquí no estamos acostumbrados a eso.

La reacción en redes sociales fue tan fuerte que se hizo una petición para que lo despidieran, ¿cómo manejó eso? ¿por qué cree que la gente reaccionó así?

Alguien me decía: “Álvaro el escándalo no fue tan grande. Lo que pasa es que aquí 400 personas en el Twitter hacen un incendio, porque somos una cosita así”. Yo no estoy tan seguro, puede que sea así pero no tengo cómo medirlo y no me interesa, la verdad. Yo no escribo para el Twitter, ahora, estoy metido ahí y me interesa y no le voy a negar que me gusta cuando hay un trabajo de uno que empieza a ser compartido ahí y sale bien valorado. Igual han criticado otras cosas también mucho.

El 8 de mayo, que fue el traspaso de poderes, yo no quise hacer la nota madre, yo ya no quiero hacer la nota madre, yo prefiero hacer el texto como entrando por la cocina. Entonces yo hice la crónica de ambiente. El título era: “Nadie rezó y un ministro gay desfiló con su pareja”. “Uy que barbaridad, ¿por qué nos metemos en la vida privada?” No, yo no me estoy metiendo en la vida privada, lo estoy viendo desfilar por la pasarela frente a 20.000 personas, en el evento más público y político por definición. Me parece un símbolo y además lo llamé a él para decirle: “Vea, quiero estar seguro, ¿él es su pareja? -Sí, él es mi pareja-. ¿Y por qué decidió llevarlo? -Bueno, porque me parece que estamos en un momento en este país en que no tengo porque dejarlo afuera-”.

Había gente que le pareció ofensivo, pero ¿qué quería que le dijera? ¿que no es gay? Nada, desfiló con su pareja y a mí me parecía un elemento llamativo. Una cuestión histórica. Y lo de que nadie rezó me llamó un amigo sacerdote y me dijo: “Álvaro, pero cómo sabe usted que nadie rezó. Que nadie rezara en sus adentros”. Y yo bueno, eso no lo puedo saber nunca, pero por primera vez no hubo el tedeum que se hace en un traspaso de poderes. Para mí eso es llamativo. Y me dice: “Pero Luis Guillermo tenía una Biblia en la mano”. También dije que tenía una Biblia en la mano, pero de que nadie rezó, nadie rezó. Ahí usted no vio al obispo hablando.

Y eso lo criticaron mucho, pero también se leyó mucho. Yo no creo que uno tenga que buscar lecturabilidad efectista, pero sí causar interés, mover un poquito, no ir ahí dentro de los márgenes porque el problema es que si no confundimos lo vibrante con lo sensacionalista. ¿Cuál es el periodismo más vibrante que hay en este país? El de Diario Extra, probablemente, pero yo quiero ser vibrante por otras razones.


¿Usted habló con Don Melvin Jiménez después de que ocurrió eso? ¿Tiene idea de lo que piensa?

No, no tengo idea de lo que piensa. Yo le mandé un mensaje con lo mismo que yo ya había tuiteado, que disculpas por el sobre énfasis en ese párrafo, que era lo que yo sentía que tenía que hacer y ya. Además, después en el periódico publiqué una disculpa por el sobre énfasis. Y alguien me decía: “Álvaro, pero ¿por qué usted se rebajó a pedir disculpas?” Para mí yo no me rebajo, yo puedo cometer errores y he cometido peores errores que ese, pero nadie los ha notado. Había otro error más grave en ese texto de Melvin que nadie lo notó, nadie. Yo decía: “¿por qué nadie nota que esto es una aberración?”

Otro amigo me dice: “Álvaro, para mí que usted le diga gordo no es un problema, para mí que es muy grave que usted dice que dejó el báculo en el baño olvidado”. A mí me parece muy simbólico. Si su abuela le hereda una joya y usted esa joya la va y la deja en un bodega junto a las bicicletas viejas, para mi eso refleja cuánto valora usted a su abuela. Si el señor tiene un báculo con el que se ordena obispo y lo deja olvidado en el baño de la Iglesia y se va, eso dice para mí cuánto significa para él.


En redes sociales pasa mucho que la gente lee el título nada más y a partir de eso crea toda la historia, sin leer la nota ¿cómo enfrentarse a eso?

Es una putada. Es una putada porque entonces te obligás a tratar de hacer un título horrible para resumir ahí todo. Entonces ves esos títulos que parecen telegramas, casi escritos en clave Morse, para que se entienda más o menos. Para mi eso es cuchillo para nuestro propio cuello, porque si yo en el título le digo todo no le estoy dando ningún aliciente a que lea. Prefiero los títulos sugerentes.

Por ejemplo, con el de Mariano, el título era “Hermano Mariano” e incluso, en la tapa, el título era “El gran hermano”. Ese título no lo puse yo y no me hubiera gustado mucho por esa connotación de gran hermano que todo lo vigila. Yo prefiero titular así y que la gente lea, pero que el título no le de ya una sentencia, que uno quede con ganas de algo, de leer algo.

El problema de Twitter es ese. No estamos leyendo, compartimos cosas por encimita. Entonces la gente dice: “-Que barbaridad lo que usted escribió-”. Sí, ¿qué?. “-Lo de aquello, del título-”. Ajá, ¿pero lo leyó? “-No, pero es que bueno el título me dio a entender...-” Ah, bueno.


Sin embargo, es posible pensar que, ya que los periodistas saben que la gente no lee más allá del título, pueden usarlo para enviar un mensaje distinto al de la nota.

La gente cree eso y yo entiendo que le ponemos demasiada atención al título, en parte porqué del título depende que nos lean o no. Leila Guerriero (periodista argentina) escribe cosas y no les pone el título, ella dice “titulen como sea, nada más no hagan una idiotez”, porque si algo está bien se sostiene por sí solo. Está escrito de una manera que leíste el primer párrafo y te invita a leer el segundo y el segundo te invita así hasta llegar al final, y acabés o emocionado o puteado o sorprendido o triste, si te leíste el texto completo, ya cumplió todos los objetivos. El problema es que le ponemos toda la carga al título.

Ahora además es peor, porque nos piden que titulemos de forma que Google le de una buena ubicación en el Google search. Entonces en lugar de decir “No sé qué, no sé qué de Chinchilla”, hay que poner “De Laura Chinchilla”, para que el buscador no sé qué, no sé qué. Entonces tenemos que responder al uso tradicional del título, que es invitar a que la gente lea el texto; tenemos que responder a la comunidad tuitera, que es válida, para que sepan de qué se trata; y tenemos que responder al Google. Con fines casi bibliográficos hay que titular, es muy complicado.


¿Pero se aprovechan los medios de que la gente solo lee los títulos?

Yo no sé, yo no sé si hay alguien que diga: “En el título voy a decir una cosa y ya en el texto digo otra”. Yo creo que no. Yo creo de verdad que no. No es por defender al gremio, que me parece que cada vez lo hacemos peor todo, pero eso en concreto, de que “Uy sí, titulemos así que de por sí la gente solo lee el título, no. Porque además hay un riesgo, si el título es muy bueno la gente le va a dar click y verá y quedaremos desnudos al ver que el título dice una cosa y el texto dice otra. Es un riesgo.

Yo no creo que eso ocurra, ni en Extra, para mí en Extra es igual de coherente el título con el texto, ni en Nación, ni en Semanario, ni el MundoCR, ni en Repretel, ni en lo que sea. Yo no creo que haya una cosa intencional de decir algo en el título y otra diferente en el texto.


¿Qué es ser periodista de La Nación? Porque en escribir para La Nación y ser profesor de la UCR puede apreciarse casi una contradicción.

Y además soy colaborador de El País, entonces la gente diría: “Ah claro, porque El País es el medio hegemónico de España y La Nación es el medio hegemónico del Costa Rica”. Y yo le diría que sí, pero El País es de izquierda, socialista, la izquierda europea, izquierda de yogurt; y La Nación no es claramente de izquierda en Costa Rica.

El País es la izquierda en España y La Nación, en todo caso, es la derecha en Costa Rica. Pero además, dentro de La Nación, a mi me ven o muchas veces me han visto, como el cuasi chancletudo y según lo que uno escriba lo van a ver como “este mae es el Frente Amplio” y según lo que uno escriba van a decir “este mae es el ahijado de Otto Guevara”. Entonces, a mí no me preocupa tanto, más bien me gusta hacer mezclas y que de repente alguien diga ”usted que escribe en La Nación”, sí, pero es que también soy egresado de la UCR, no solo doy clases, sino que soy egresado.

Me formé en la UCR y fui a las manifestaciones del Combo, estaba ahí en la calle. A las del TLC ya no fui porque estaba trabajando. “Usted cubrió el TLC en La Nación. Usted fue esos que no sé qué”. Sí, pero usted no sabe lo que yo escribí. Yo no voy a defender a La Nación, yo voy a defender lo que yo firmo. Y esto puede sonar súper petulante, pero al final los periodistas lo único que tenemos es el nombre, es la imagen de lo que hacemos o no. Hay gente que hace un mal trabajo no importa qué medio lo contrate y hay gente que hace un muy buen trabajo no importa que medio lo contrate.

Obviamente trabajar en La Nación tiene ventajas, de proyección, principalmente. Yo sé que si uno publica algo en La Nación cae a todo lado, cada vez menos, pero cae todavía. Que es distinto de publicar en otros medios. Entonces, ¿cómo es trabajar en La Nación? Tengo un problema y es que yo llevo 15 años de trabajar en La Nación, si yo hubiera trabajado en La Nación y en Extra yo le digo con más criterio.

Es complicado también porque la gente cree que uno es casi el hijo de Julio Rodríguez y que tiene el tatuaje de La Nación. Y yo incluso, puede ser una estupidez, pero yo digo que soy periodista en La Nación, mis compañeros dicen que son periodistas de La Nación. Puede ser una estupidez, pero a mí me hace sentir cómodo. Yo no sé cuánto finalmente quede de lo que uno pretende hacer ver como imagen de autonomía que tiene uno, pero tener la conciencia en paz vale oro y uno sabrá los márgenes que tiene.


¿Alguna vez se ha sentido incómodo trabajando ahí?

Sí, sí, sí. Durante el TLC, un par de entrevistas que he hecho y que han querido quitarme una pregunta. Incómodo no solo en la cuestión política, sino también en la religiosa. Por ejemplo, en la cobertura que hizo La Nación sobre la santidad de Juan Pablo II yo decía: “¿Esto qué es? ¿El Eco Católico o qué diablos?” Yo soy católico, pero de ahí a que yo crea que hay que hacer una cobertura pía, es una diferencia enorme.

La Nación hizo una cobertura como de Eco Católico sobre la santidad del Papa por la mujer tica del milagro y dio por un hecho que el Papa le había hecho un milagro a la señora. A mí me pusieron como personaje del año a esa señora, en La Dominical, y yo escribí un texto que empezaba diciendo “Que raro que en la casa de la señora a la que Juan Pablo II le hizo un milagro, haya un rótulo de emergencias médicas”. A mucha gente le ofendió eso. Yo digo, yo no me creo lo del milagro, pero lo respeto. Pero no podemos como periodistas creernos esas cosas.

La Nación no es solo un asunto de línea editorial, línea política o ideología, porque por ejemplo, en apoyo con las parejas del mismo sexo La Nación es muy progre, pero no en apertura social, en temas de fortalecimiento del Estado. En temas religiosos por este lado, yo decía que es muy raro. La señora del milagro se quejó con la directora y ella le pidió disculpas. Yo no sé por qué diablos le pidió disculpas. Yo volvería a escribir eso igual, igual, igual. Es parte de la subjetividad que uno tiene derecho a ejercer profesionalmente.


Hace algún tiempo algunos de los periodistas altos de La Nación vienen renunciando, Giannina Segnini entre las más importantes, y no se saben claramente las razones y eso abre las especulaciones. ¿Cómo afecta eso al medio?

Mau Herrera, que fue el “trapo de dominguear” de La Nación durante mucho tiempo, a Don Mauricio El Ministro, lo digo sin sarcasmo, lo habían echado de La Nación. Él ahora dice que siempre fue un disidente de La Nación y sí, él tenía una posición combativa, pero finalmente lo echaron de La Nación, él no se fue porque quiso. Se fue hace como 7 años y ya él era un golpe grande, que él se fuera era como “Uf, se fue Mauricio Herrera” y luego “Uf, se fue Ernesto Rivera”, a Ernesto Rivera lo echaron. “Uf, renunció Giannina Segnini”.

Yo creo que eso golpea al periódico, porque es gente que tiene un buen nombre, y el problema de los medios de comunicación aquí es que quieren uniformar las plumas y los nombres y tener como si fueran batalloncitos o cuadrillas, que ningún nombre destaque, bueno, esos nombres destacaron.

Cuando salen de La Nación la gente especula, con toda la razón, más allá de que tenga claro las circunstancias en las que salieron, pero especula y al final queda esa sensación. Como mínimo, y en eso tienen toda la razón, La Nación se está debilitando cuando deja de tener gente pesada como ellos.

En el caso de Giannina yo siempre digo que ella se fue hace dos años. Ella tenía dos años de no publicar nada en La Nación y de pedir permiso sin goce de salario dos meses para dar talleres, capacitándose, conferencias. Claro, al final renuncia en una coyuntura complicada, que fue la de la campaña, de si La Nación publicó la encuesta. No tiene nada que ver la encuesta con ella, eso lo ha dicho, pero sí con una incomodidad del periódico con algo que iba a publicar, un trabajo de investigación con candidaturas, y ella sintió el acoso sobre lo que iba a publicar y después de eso dijo “me voy”. Un acoso además innecesario, porque la investigación no iba a cambiar el rumbo electoral ni pacá ni pallá.


¿Cómo ve su futuro en La Nación?

Corto. Aunque las situaciones fueran perfectas en los medios de comunicación, y en La Nación en concreto, yo tengo ya 15 años ahí, tengo 10 años cubriendo política y ya toca cambiar. Hay que ponerse creativo, los periodistas tenemos que crear y dejar de creer que solo se puede ser empleados de medios, que es lo más natural, o ser voceros de instituciones, que también es algo muy válido. No todo puede ser reportero o periodista institucional, tiene que haber algo, algo en medio, que es lo que hay que pensar un poquito más. Corto no digo que me quedan dos semanas, corto es tomando en cuenta que llevo 15 años, ya 15 años es mucho.

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