• Edito Estudiantil

De apetitos literarios

Por: Yorusti Mena Retana.


Buhólica. Fotografía: Cristian Obando.

Me interesan las historias, particularmente las que se esconden detrás de la compleja narrativa de cada quien. Pero no solamente cuentan historias las personas, también los sitios, los objetos, los aromas, los sonidos y, en general, el mundo de los sentidos. En una librería podemos encontrar todo eso y más.


Las librerías son, quizás, un gusto adquirido porque, en primer lugar, hay que tenerle gusto a la lectura, y en segundo lugar, hay que tenerle pasión al masoquismo de entrar a estos templos con la mirada ávida y los bolsillos llenos de presupuesto estudiantil (es decir, lo mínimo para pases, copias y comida), o bien solamente pelusa de hace una semana. E incluso así, esto no impide que los más lujuriosos se quiten el pan de la boca con tal de tener algo nuevo que leer.


Más allá de limitarme a hablar sobre el espacio físico de las librerías, me interesa entrar en el mundo de los libreros, aquellas personas que se encuentran detrás del mostrador, entre filas de palabras y sensuales lomos de todo tipo de encuadernación. Consecuentemente, procedí a entrevistar a las caras detrás de los siguientes tres lugares que podríamos catalogar como independientes, ya sea económica o conceptualmente: Librería andante, ubicada en San Pedro; Libros Duluoz, ubicada en Barrio Amón; y Buhólica, ubicada en Escazú, frente a Multiplaza.


Quise explorar el mundo de estas librerías en particular por el hecho de que no suelen tener mucha difusión mediática y, a mi humilde parecer, merecen mucha más atención de la que actualmente reciben. Ciertamente no son las únicas que hay, pero resultan satisfactorias como muestra representativa de las opciones disponibles. Además, la experiencia de entrar en estas e interactuar con sus respectivos libreros es sustantivamente distinta de la que suele ocurrir en espacios más bien comerciales. Para empezar, en una tienda de múltiples sucursales, con mayor volumen y mayor capital, no nos encontraríamos a una persona que ejerza la profesión de librero propiamente dicha, sino a un dependiente que sabe ubicar los libros en los anaqueles de la tienda y que más o menos sabe sobre autores y obras. Pero volvamos a esa mística y esotérica profesión que se suele llamar “librero”. Vienen a la cabeza múltiples clichés y juicios sobre quienes podrían ejercer tal labor, y aunque algunos ciertamente aplican, porque de “broma en broma…”, otros distan bastante de la realidad.


En su pequeño y acogedor santuario encontramos libros en todas las direcciones. [Cristian Obando]

Cuando empecé a idear este reportaje pensé que tendría que hablar de “oferta y demanda”, de “tendencias del mercado” y de “públicos meta”, sin embargo, no había terminado la primera entrevista cuando me di cuenta de que, en definitiva, no eran aquellas las palabras que habitarían en la boca de mis interlocutores. En lugar de recurrir a terminología frívola y estadística, estas personas hablan de “opciones de lectura”, de “gustos” y más importante aún: de “lectores”, no solamente clientes. A Francisco (Andante), a Andrea (Duluoz) y a Jochen (Buhólica) les interesa poder ofrecer a los lectores una mayor variedad de textos, y eso implica tomar riesgos, pero son justamente estos riesgos los que les han otorgado la reputación que poseen.


Lamentablemente, en Costa Rica, país pigmeo, es muy débil la industria editorial; no es por azar que todas las librerías (con excepción de las compra y ventas, que entran en otra categoría) se ven obligadas a importar el grueso de sus catálogos. La producción nacional es insuficiente -en todos los niveles- para suplir los estantes de forma satisfactoria. Basta notar que para una editorial independiente costarricense resulta más barato imprimir sus libros en el extranjero y luego importarlos para venderlos en el país. Esta carencia tan significativa podría perfectamente ser aprovechada por astutos emprendedores que estén dispuestos a incentivar las letras nacionales; los libros no solo necesitan de alguien que los escriba para poder salir a la luz. De hecho, pareciera ser que el auge de las librerías independientes en los últimos cinco años se ha dado, en cierta manera, en paralelo con el resurgimiento de las iniciativas editoriales de la misma índole.


Aunada a la ya mencionada dificultad de la economía local, es necesario aludir en detalle a la tan ardua labor que realizan los libreros previo a la importación de cualquier obra: la curaduría del catálogo. En la jerga de este trabajo, es así como se le llama a la minuciosa y continua tarea de elegir qué títulos podrían formar parte de la personalidad de sus librerías. Curar el catálogo significa sentarse durante largas horas a revisar las editoriales, sus autores, sus temas, y todos los detalles necesarios para su adecuada distribución. El librero no descansa luego de sus ocho horas o más de atender a los lectores en el espacio físico, no. El trabajo lo acompaña a diario hasta su hogar, en donde prosigue con el gusto de pensar que ofrece un bien cultural invaluable y en buena medida intangible.


Francisco: no se dejen engañar por su aire taciturno. [Cristian Obando]

Y como si fuera poco, los libreros también tienen que encontrar el tiempo para hacer sus propias lecturas y para estar al tanto de las novedades del mundo literario, lo cual resulta por sí solo una tarea titánica de nunca acabar. Por eso, no se extrañen si al preguntarle a un librero sobre algún autor o alguna obra este responda con una negativa, dado que, muy a su pesar, no posee las facultades enciclopédicas de Jorge Luis Borges, pero siempre tendrá la disposición para aprender y tomar nota. Por supuesto, tanto esfuerzo no resulta en vano, ya que es gracias al carácter y cohesión de sus catálogos que sus lectores regresan una y otra vez por su dosis de rigor para mantener el insaciable y muy ejemplar vicio de leer.


El librero funge como guía, más que solo como vendedor. Si un lector se acerca con una historia sobre lo último que leyó o lo que le gustaría descubrir, entonces se verá gratamente correspondido con otra historia o con alguna sugerencia. Y he ahí una de las mayores bondades de estas librerías: entre tanto caos que existe en el mundo editorial internacional, los libreros nos extienden con gusto la mano para orientarnos por sus laberínticas dimensiones.


Ahora bien, juntar a estos tres centros culturales en un solo saco sería opacar sus sutilezas individuales, por lo cual es necesario visitarlos de uno en uno para entender mejor de dónde surgen, cuál es su historia y su visión. Las personas detrás de cada proyecto tienen, sin duda alguna, puntos en común: todos han pasado por estudios superiores, aman la lectura, pueden hablar horas y horas sobre los temas y las obras que los apasionan, y además poseen gran interés por la cultura en general. Evidentemente, ninguno de ellos respondía a la edad de seis años: «¡Cuando sea grande, quiero tener una librería!». Al igual que para muchos otros, la profesión llegó a ellos casi por accidente. Dicho lo anterior, estamos listos para cruzar el umbral de cada uno de estos sitios de peregrinaje.


Librería andante

La historia de la Andante se puede rastrear hasta los años universitarios de un joven que, para saciar su voraz apetito intelectual, visitaba con frecuencia las compra y ventas, siempre en busca de algún tesoro escondido entre posibles avalanchas de papel avejentado. Justamente de aquel intenso caminar surge el bautizo de este proyecto. Poco a poco, su colección fue creciendo, y por encargo de sus amigos empezó a conseguirles títulos. Cuando el joven se dio cuenta, tenía entre manos un negocio que requería de más tiempo y de un lugar propio. Luego de un par de años de nomadismo, finalmente consiguió el espacio en el que ahora reside, paralelo a la Calle de la Amargura. En su pequeño y acogedor santuario encontramos libros en todas las direcciones, desde los estantes sobre las paredes hasta los muebles centrales cuyos contornos se encuentran adornados de múltiples títulos que de inmediato llaman la atención al ingresar al local. A la izquierda, detrás del mostrador, se encuentra el joven de nuestra historia: Francisco. No se dejen engañar por su aire taciturno. Podrá parecer reservado, pero siempre está atento a las consultas de los lectores y sus sugerencias son más que bienvenidas. Además, aquellos que gusten hablar largo y tendido sobre obras, autores y temas filosóficos encontrarán en Fran -como muchos le llaman- a un muy digno dialogante con un bagaje kilométrico.


En esta librería se mezcla, como Francisco alguna vez escribió, lo nuevo con lo viejo. No solamente encontrarán ustedes libros en ediciones de lujo, también podrán encontrar en su sección de libros usados joyas que llevan incluso décadas sin ser reeditadas. Las principales temáticas que nos ofrece están relacionadas con el área de humanidades. La filosofía se encuentra entre las principales del repertorio, pero también se puede encontrar literatura de gran calibre, así como teoría literaria y ensayos críticos sobre diversos temas.


Para Andrea resulta un tanto inefable la maravillosa experiencia de poder interactuar con los lectores que acuden a Duluoz. [Cristian Obando]

Libros Duluoz

La vanidad de los Duluoz es una de las obras cumbre de Jack Kerouac, el icónico y más destacado escritor de la Generación Beat. El personaje principal, Jack Duluoz, funciona como el alter ego del autor, de tal forma que a través de su narrativa, se presentan los años de formación que eventualmente lo llevarían a conocer a los famosos Neal Cassady, Allen Ginsberg y William S. Burroughs, todos ellos artistas e intelectuales estadounidenses de la posguerra cuyas ideas inspirarían los movimientos de contracultura que vendrían después.


De esta cuna literaria proviene el nombre del pequeño oasis que preside Andrea, la entusiasta librera cuyo amor por la literatura la llevó a preguntarse seriamente hace cinco años y medio: «¿Y por qué no abrir una librería?». Quienes la hemos visitado alguna vez agradecemos que su determinación llegara tan lejos como lo hizo. Al subir los escalones del recinto uno escucha con placer el crujir de la madera que luego se repliega en los solemnes ecos de los tablones, sobre los cuales residen los estantes del catálogo que la diligente librera ha curado para nosotros. Sobre uno de los muebles, cual vaticinio de la posible locura que corremos el riesgo de contraer, una imperdible estatuilla del noble Quijote.


Para Andrea resulta un tanto inefable la maravillosa experiencia de poder interactuar con los lectores que acuden a Duluoz. No es difícil entender porqué: la librería es un organismo, de cierta forma tiene vida propia, engulle a sus visitantes en un halo de expectante misterio y calidez. En su interior se lleva a cabo un intercambio que altera la sustancia de quienes se aventuran a explorarla; la gente deja algo de sí misma pero a la vez se lleva una parte de la librería consigo.


Estos intercambios tan sutiles son difíciles de explicar pero sus efectos palpitan en la memoria cuando se recuerda el placer de haber estado entre tantos libros, entre tanta cultura. Como ya mencioné, a esta joven librera le apasiona la literatura, lo cual queda en evidencia en el nombre de su local. Cuando empieza a hablar sobre algún texto que le entusiasma, su energía resulta inmediatamente contagiosa. Sobra decir que, cuando vemos a alguien hablar con tanto amor sobre una historia, el libro se vende casi por sí solo a raíz del embrujo que hemos presenciado en quien nos narra la trama principal del hechizo. La alquimia de las palabras siempre es más fuerte de lo que sospechamos.


En Duluoz podrán encontrar novelas, poesía, ensayos y obras varias de editoriales independientes nacionales, de América Latina, España y Estados Unidos. Además, como si la tentación no bastara, Libros Duluoz se encuentra justo al lado de Café Rojo, en donde podrán disfrutar de alguna de sus especialidades mientras leen sus recién adquiridos libros. ¿Qué más se puede pedir?

  • Recomendación: Mala feminista, de Roxane Gay

  • Teléfono: 2256-0414

  • Correo: libros.duluoz@gmail.com

  • Facebook: Libros Duluoz


Cual vaticinio de la posible locura que corremos el riesgo de contraer, una imperdible estatuilla del noble Quijote. [Cristian Obando]

Buhólica

El búho es actualmente un símbolo de sabiduría, y también tiene connotaciones de buen augurio. A lo largo de la historia ha gozado de buen prestigio en civilizaciones de distintos hemisferios. A pesar de que en la Edad Media se asociaba con la brujería, recordemos también que a menudo la hechicería y los libros eran indistintamente sinónimos de herejía. Las palabras son peligrosas para el poder hegemónico, porque la palabra otorga libertad y constituye el código principal con el cual designamos nuestro mundo e interactuamos con él. Quienes adquieren dominio sobre este código son capaces de superar y reconfigurar su cosmovisión. La literatura, sin lugar a dudas, tiene el poder de liberar a quienes saben buscar en ella. Con esa introducción, tenemos la mitad de los orígenes del nombre de esta librería.


Ahora bien, con respecto al sufijo “–hólic(a)” entramos al campo de las obsesiones, de las adicciones que, en definitiva, requieren rehabilitación. Aún así, con excepción del detalle monetario, pocos lectores querrían ser despojados de sus desenfrenados hábitos literarios. Así que en resumidas cuentas, Buhólica es una casa de vicios, de lujuria intelectual, un lugar de perdición de cuyos horrores ya nos había prevenido Voltaire en el siglo XVIII.


El anfitrión de esta librería es un personaje curioso, a pesar de que a simple vista aparente ser un joven de dudosa edad (muy posiblemente uno de esos famosos «come años»). Jochen (versión alemana de “Joaquín”) es un gran lector, especialmente de literatura en inglés del norte del continente y de literatura latinoamericana contemporánea (con especial aprecio por la argentina), aunque sus conocimientos no se limitan exclusivamente a estas áreas. «La gente lee lo que está en las librerías», nos dice Jochen de forma contundente. Esta observación deriva de la pregunta de si tenía o no un público meta cuando empezó. Sin embargo, al igual que sus colegas de oficio, él cree en la capacidad de los lectores de leer casi cualquier cosa que tengan la oportunidad de encontrar, el problema es justamente que la variedad no suele ser la regla, y ahí es donde cobra relieve el propósito de estas tres librerías: ampliar el panorama de las posibilidades.


Buhólica ofrece una cuidada selección de autores y obras en su mayoría de editoriales independientes de Argentina, Chile, Costa Rica, España y México, en temas muy variados que van desde novela hasta cómics y ensayos sobre artes visuales. También tienen vinilos para los amantes de la música. Buhólica se encuentra en el segundo piso de Combai Mercado Urbano, frente a Multiplaza Escazú.

  • Recomendación: El secreto de Joe Gould,Joseph Mitchell

  • Teléfono: 4112 1252

  • Correo: info@buholica.cr

  • Facebook: Buhólica


De izquierda a derecha: Jochen junto a Gustavo, uno de los libreros asistentes de Buhólica. [Cristian Obando]

El mundo de las librerías tiene grandes recompensas: puede ser inmensamente satisfactorio, pero también tiene sus dificultades. Una de las mayores es la carencia de orientación a través de los medios de comunicación. Ciertamente, hemos visto un aumento en los recursos al servicio del mundo literario, pero la fuerza de impulso que podrían tener todavía da para mucho más. Sin embargo, los lectores, como consumidores, no podemos delegar toda la responsabilidad a las librerías y a los medios. Como vimos en este recorrido, queda en evidencia que existe una amplia selección de obras de la cual cada quien puede elegir lo que le plazca según los particulares gustos que lo impulsen hacia las páginas impresas, pero también hay que hacerse respetar como lector: debemos asumir un rol más activo frente a la lectura. En el escenario A , una persona acude a una librería, no encuentra lo que busca y se va desilusionada a su casa; en el B, el lector (luego de haber agotado sus opciones) hace el extra de preguntar si es posible mandar a traer lo que desea leer, entonces quienes ofrecen el servicio aprenden que el lector no es un sujeto pasivo que compra o no en función de lo que se le ofrece, sino que es capaz de realizar una solicitud de lo que desea adquirir. Un buen librero tomará esta información como posible referencia para futuros pedidos, aunque no como muestra general, puesto que, como ya se mencionaba antes, los lectores son un público más bien heterogéneo.


“Leer es viajar por uno mismo” Tomada en Librería Duluoz [Cristian Obando]

¿Inconvenientes? Ciertamente los hay, para empezar, no todos tienen el tiempo de desplazarse de librería en librería para obtener lo que buscan a costo de suela. Además, no todos tienen los fondos para sostener una fuente constante de libros nuevos (por suerte tenemos bibliotecas municipales y recursos académicos en línea que contribuyen a hacer más accesible los textos). Contrario a lo que muchos podrían pensar, las bibliotecas aún tienen gran vigencia en el siglo XXI, aunque tampoco cabe duda de que, para mantenerse al día, estas instituciones deben igualmente saber ajustarse a las circunstancias de una era de vertiginoso consumo informativo y saturación mediática.


Cuando ya se ha considerado la superficie de este amplio panorama de la lectura, uno puede empezar, entonces, a preguntarse por qué no han surgido ciertos fenómenos propios del ámbito literario, como ferias constantes de libros (y con esto me refiero a mínimo una vez cada dos meses). También surge la del porqué no existe tal cosa como una librería monumental, del tamaño de una cuadra entera, en la que haya libreros de profesión que continuamente estén trabajando en curar secciones especializadas. Los recursos existen, hay grupos económicos capaces, tal vez solo sea cuestión de voluntad... Sí, puede que sea un poco fantasioso, pero no está de más dejar la idea flotando por ahí, a todos nos vendría bien un recinto tan colosal como esas iglesias holandesas que a falta de creyentes han sido reconvertidas en librerías.


“Las chicas listas leen libros” Tomada en Librería Andante [Cristian Obando]

Sobre este tema tan vasto surgen muchas incógnitas más. Y, como era de esperarse, hacia el final de las entrevistas era inevitable plantear las preguntas contextualizadas de mayor debate, no con la intención de obtener una respuesta definitiva, sino por el placer de dejar la reflexión en estado rumiante: «¿Leen más los costarricenses? ¿Leen “mejor”? ¿Qué es lo que más busca la gente cuando acude a estas librerías?». Tal vez esta última pregunta parezca la más simple de responder; sin embargo, los gustos de los costarricenses son tan heterogéneos que no podría catalogarse a dos personas en la misma línea. Que quede avisado el lector de que el objetivo de estas preguntas no era el de incursionar en complejos debates sobre cánones literarios ni en el siempre recurrente concepto de literatura, a veces las preguntas dejan más por el proceso de resolución que por la respuesta en sí. En todo caso, cuando se trata de lecturas, hay tantos apetitos como objetos de antojo y el menú es casi ilimitado, solo hay que saber en dónde y a quién buscar.

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