• Edito Estudiantil

La Resistencia: El sur de Costa Rica no tiene miedo

Paolo Nájera, indígena bröran; Elides Rivera, indígena Teribe; y Flor Solano, campesina de Chánguina, cuentan su historia de resistencia.

Por: Sebastián Barkero Zúñiga.


Fotografía: José David Quirós León.

De nuevo, entendimos que había que volver al sur de nuestro país. Una zona que, a pesar de aglutinar casi la mitad de la tierra costarricense, no conocemos o al menos la damos por existente. así como damos por existente la casa de nuestro vecino, la oficina de a la par, la asociación de estudiantes que no es la mía y otro montón de lugares y espacios, llenos de personas, que obviamos.

Había que volver al sur porque «el mundo nada puede contra un hombre que canta en la miseria», así como lo dijo Sábato en su Resistencia (2000), y el sur de Costa Rica, sin duda, hoy mismo, está pariendo hijos e hijas que resisten. Desde la tierra hasta el jaguar, parecieran resistirse a ser obviados por quienes aún no comprenden el sentido del derecho a trabajar lo que es de uno.

Los ríos que atraviesan la resistencia siguen desembocando en la lucha de los pueblos Térraba, Bribri y Palmar Sur, siguen refrescando esos ojos cansados pero esperanzados por seguir construyendo una tierra rica en yuca, maíz y chayote; pero, sobre todo, una tierra que sea suya.

Así como con la comunidad de Salitre, los medios nacionales parecen haber desaparecido del mapa. Ahora el sur no es noticia, a pesar de que en cada noticiero se hable de un hijo de estas tierras que ataja en el mítico equipo del Real Madrid.



LA VISITA A UNA COMUNIDAD DE TÉRRABA EN CLAVE BRÖRAN


La autonomía de elides es una mano de tigre

Elides Rivera nació en un territorio indígena invadido por la carretera interamericana sur. Así como muchos muros en la historia han divido pueblos hermanos, en Térraba, una línea de asfalto marca una diferencia importante entre quienes viven de un lado u otro de la interamericana. Elides es hija de mujeres que migraron desde una región en el Caribe panameño, emparentadas de forma directa con la población nasö (teribe) de Panamá.

A Elides le tocó vivir en el centro de la comunidad bröran, donde cuida a su nieto y recibe constantemente a estudiantes, viajantes o simples interesados de la comunidad teribe. Mano de Tigre es como le puso a su hogar, porque, como dice sin dejamientos, “las mujeres indígenas tenemos que hablarle al Estado y a los terratenientes con un nombre que signifique fuerza. Mucho hemos sufrido ya al querer vernos como personas vulnerables”. Nos abrió el comedor de su casa, y sentados frente a ella, mientras cocinaba la cena para sus más recientes inquilinos, nos iba respondiendo poco a poco las inquietudes que el viaje nos había encomendado, rayando cebolla y cuidando el fuego de los frijoles.


"Cuando las mujeres Mano de Tigre decidimos hablar, nos convertimos en mujeres que no quieren que nadie las calle." Elides Rivera. Fotografía: José David Quirós León.

Cuando empezó este proyecto (Mano de Tigre), lo prometió primero a sus ancestros, en especial a su abuela Tër, quien ha acompañado a su pueblo en los múltiples procesos de migración que han acontecido, hasta encontrarse hoy en el territorio que se conoce como Térraba.


“Me incorporé a la lucha hace bastante tiempo [en el año 97, nos contó después]. Cuando se empezó a hablar del Proyecto de Ley de Autonomía Indígena [en corriente legislativa hace poco], acá se veía la autonomía como un tema de legislación, porque si no había legislación, no había autonomía para los pueblos indígenas. En el 98 no se logró, y hace poco tampoco se logró. El grupo de mujeres Mano de Tigre decidimos, entonces, que tomaríamos acciones. Estas eran, primero, reconocernos como pueblo teribe y como mujeres teribe, pero no solo en el discurso, sino en el vestido de todos los días, la alimentación, la cultura, la tierra, el idioma, los trajes y todas nuestras herencias ancestrales. Sobre todo los trajes y la danza son cuestiones intangibles que hoy nos han dado fuerza para mostrar una mujer teribe más teribe. Aquí donde ustedes ven [señala un amplio patio] es una finca pequeña, pero tiene todo para alimentarnos a todas”.


Una cuestión que necesitábamos reseñar eran las distintas formas de resistencia que existen en los pueblos del sur, y Elides sabía muy bien que las alternativas para la recuperación de la tierra eran vastas. La de ella era a través del turismo sostenible, la buena cuchara y su lucha contra el patriarcado, que como el monocultivo de piña, también se carcome y ha carcomido buena parte de los territorios indígenas.


“Se ha hablado en muchos espacios de discusión feminista que nosotros somos discriminadas únicamente por una sociedad occidental, pero es que también somos bastantes discriminadas a lo interno de la comunidad, a lo interno de nuestras familias, solo por ser mujeres, llevándonos a ocupar únicamente los roles de empleada doméstica y cuidadora de los hijos. Las dueñas de la servidumbre. Cuando las mujeres Mano de Tigre decidimos hablar, nos convertimos en mujeres que no quieren que nadie las calle. Muchos compañeros nos siguen viendo como una amenaza. Cuando la mujer indígena se capacita en la incidencia política, quien mejora siempre es la familia. Por eso, nosotras trabajamos en la reivindicación de las mujeres desde su cotidianeidad, es decir, desde un nuevo trato con nuestros compañeros indígenas. Las compañeras han cambiado su forma de trabajar con sus hijos, de trabajar la agricultura, de ser mujeres teribes”.


La iglesia católica, frente a una gran plaza rodeada por pequeñas bancas de madera, hace que el lugar, de no ser porque existen “extrañas y ajenas” señalizaciones en lengua teribe, parezca una comunidad rural católica y común de nuestro país. Las casas prefabricadas, donadas por gobiernos anteriores, reflejan un escenario dejado a la suerte de los bonos de vivienda y a las promesas clientelares de un Estado, que luego de su cedulación ha utilizado los territorios como verdaderos campos de concentración en épocas electorales. Además, la Asociación de Desarrollo Integral (ADI, Gobierno Local) de Térraba, ocupa un papel fundamental en ese plan de instrumentalización política y económica, pensada desde San José y ejecutada, lamentablemente, por sectores de la población indígena que han asistido a la escuela de lo corrupto, dejando de lado la herencia intelectual de la solidaridad indígena y del buen gobierno, que según Elides, practica el Consejo de Mayores Indígena, estructura política tradicional originaria que va ganando terreno frente a la ADI, estructura política estatal.


Elides encuentra consuelo en las luchas que Mano de Tigre ha venido realizando, a nivel nacional e internacional, por los derechos de las mujeres indígenas y por un empoderamiento de estas a través de la autogestión comunitaria de los recursos turísticos de la zona. Con lágrimas en los ojos, recuerda una de las luchas más trascendentales para el pueblo de Térraba, cuando en el 2012 desafiaron al sistema hegemónico de educación, exigiendo verdaderas formas de educación autónoma (un estilo de contra-educación occidental), tomando el Liceo de la localidad. Allí murió su sobrino, padre de un chiquillo que ha correteado durante toda la entrevista. Allí, Mano de Tigre fue indispensable, porque la mujer indígena en Térraba es indispensable para la resistencia.


La autonomía de Paolo es dejar la universidad para recuperar su territorio

Nos pasamos al otro lado de la interamericana, más deprimido económicamente, pero de algún modo, con una mayor hiperactividad social que va construyendo un pueblo bröran dueño de su territorio, a pesar de las amenazas de la ADI, de DINADECO, del INDER, de la CONAI y de antiguos terratenientes que, aunque no todos actúen en alianza, ponen trabas y zancadillas a la lucha del pueblo bröran, que existe a ambos lados de la línea de asfalto.


Paolo Nájera, indígena Bröran, habla desde tierra recuperada en Térraba: "Nosotros tenemos derecho a la tierra porque somos indígenas. Mucho de lo que somos ha sido saqueado." Fotografía: José David Quirós León.

En la recientemente recuperada Finca San Andrés, bañada por el Río Grande de Térraba y que sigue la tendencia propia de la zona, con diversidad de vegetación entre mediana y baja, Paolo Nájera, joven indígena, estudiante de la Universidad de Costa Rica y recuperador de tierras bröran, empieza su discurso caminando; y es que es difícil evitar que alguien de esta región niegue una palabra, y sobre todo que esta no vaya acompañada de una acción cotidiana (caminar, cocinar, trabajar).


Entre la tierra arcillosa y las pendientes que fácilmente pueden doblarle los tobillos a un pie torpe de la urbanidad, Paolo lucía pintados, en sus brazos y cara, una especie de tatuajes temporales como parafernalia de la resistencia que acuerpa la zona. Paolo, el estudiante de Antropología, es un bastión importante en la lucha por la recuperación del territorio indígena de Térraba.


“Ahorita no soy estudiante regular porque decidí venirme para acá, asumir las circunstancias que me tocan. Los compañeros del Consejo de Mayores me nombraron vocero del proceso y me ha tocado dialogar con mucha gente, entre el tiempo nuestro, ancestral, y el tiempo de los papeles burocráticos. La juventud, acá, está llena de hombres y mujeres, y cumplen su rol, que es el que debería tener en todo espacio de lucha, el de proveer nuevas ideas y nuevas energías. Por mucha suerte que hemos tenido, los compañeros mayores se han mantenido abiertos a recibir nuestras nuevas ideas. Lo hermoso es que hemos aprendido a sembrar, a ver cómo se cruza el río, en qué momento se corta un árbol, en qué momento salen los pescados. Esa ancestralidad, mezclada con la modernidad, da un resultado muy particular”.


La horizontalidad, tomar decisiones en consenso y dialogar, son algunas de las ideas que, según Paolo, crean una simbiosis entre lo que trae la juventud indígena y lo que ya han caminado los mayores.


“Una de las desventajas es que a veces [los pobladores de Térraba] creen que queremos adoctrinar, porque hemos leído cosas que nos han enseñado afuera de la comunidad. Nos han dicho marxistas, pero nosotros básicamente ahorita, en esta finca, como usted lo puede ver [señala un rancho con un sembradío de maíz], vivimos en modo tradicional de nuestros antepasados. Lamentablemente, la universidad no es una figura hecha para los indígenas, pero nosotros somos necios, y queremos formar parte de ese espacio, y queremos cuestionarla, porque cualquier compañero o compañera indígena que no haya ido a la universidad para intentar cambiar su contexto más cercano, fue a perder el tiempo”.


Paolo vive con otros compañeros en esta finca recuperada en julio pasado, apegados a la Ley Indígena 6172, Convenio 169 de la OIT y la Declaración de Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas y Tribales, pero sobre-apegados a una realidad inmediata de resistencia, donde cada indígena que pisa tierra, siembra maíz y cuida el río, es un indígena que es dueño de lo suyo.


LAS FINCAS DEL SUR TAMBIÉN SABEN RESISTIR.

CHANGUINA, CUARTA VEZ QUE EMPIEZA DE CERO.


Tomamos ahora la interamericana hacia el sur. Otro sur que también resiste y que se entiende desde otras perspectivas lógicas y étnicas. Sobre todo, es el Estado quien los reconoce y entiende diferente. No son indígenas, son campesinos, pero claro que podrían ser descendientes indirectos de nuestros pueblos originarios. Están en territorio “que-no-es-de-ellos-y-ellas”, porque era de la Chiquita (Mamita Yunai), luego del Estado, y después fue de otro señor. Pero aun así, ellos quieren vivir ahí. Así de fácil suena, pero no lo es.


En Palmar Norte tomamos un bus, modelo Thomas Built 1965 (sí, el típico school bus de E.E.U.U.), hacia los humedales de Sierpe. Sentados a la par de unos ingleses, el calor de las llanuras del sur costarricense servía de precedente para el encuentro con la comunidad de Chánguina.


La localidad se describe por cuadrantes, herencia propia de un pasado donde la tenencia de la tierra era exclusiva de empresas agrícolas estadounidenses. La arquitectura no ha cambiado mucho y las llanuras son largas.


Llegamos a una empacadora de la antigua Bananera Chánguina, antes del señor de nombre Oscar Echeverría Heigold, o COOPALCA DEL SUR S.A., hoy tomada para la realización de las asambleas generales de la comunidad de Chánguina y Cuadrante 3. En el 2001, las empresas que eran dueñas de las propiedades quebraron y el patrono (Echevería Heigold) nunca canceló los derechos de los trabajadores y trabajadoras; por eso, la tierra fue ocupada por quienes sí pueden trabajarla: una comunidad organizada que lucha por su derecho a la tierra.


Asamblea de habitantes recuperadores de Finca Changuina y Cuadrante 3. Fotografía: Jose David Quirós León.

La autonomía de Flor es poder sembrar sin temor-

En la asamblea, sentados todos en las bardas de las cintas empacadoras que ya no sirven más que para dar asiento a los cientos de pobladores y participantes activos de esta lucha por su territorio, se comía tamal y café. En poco o nada, se parecía a un Consejo Superior Estudiantil.

Flor Solano Salas forma parte de la directiva de la asamblea. Salimos afuera de la empacadora para evitar el sonido ambiente de la gran reunión, y ella comenzó su relato sobre el difícil momento acontecido en meses anteriores.


“Estas tierras siempre estuvieron solas. Un grupo de unos 40 decidimos entrar en ella y trabajarlas. Porque siempre habíamos estado alquilando terrenos, para sembrar el arroz y los frijoles del gasto. Cuando recién llegamos, la policía nos tiró las cosas a la calle. Otros terratenientes nos tiraban el ganado a los cultivos y nos quemaban todo lo que teníamos. La imagen más dura que vi fue cuando a un señor mayor le dispararon con una 12 [arma] en el estómago. Él tenía problemas de audición, y como no los escuchó, pensaban que se estaba resistiendo y le dispararon los policías privados de este señor Echeverría”.


A lo largo del relato, era difícil entender cómo dentro de alguien podía caber tanto odio hacia un grupo de personas que simplemente querían trabajar la tierra. Le preguntamos a Flor si había algo en específico que exacerbara el odio hacia su movimiento de lucha.


“Aunque las tierras estuvieran abandonadas, los terratenientes saben que ese señor, Óscar Echeverría, es el que tiene el dinero y puede hacer proyectos a futuro. Nosotros, como solo queremos la tierra para sembrar y poder vivir tranquilos, les somos innecesarios para sus proyectos de gran capital”.


Flor repetía una y otra vez que estas fincas eran tacotales, matorrales en desuso y que simplemente se tomó la decisión de vivir aquí. Se limpiaron y se pusieron al servicio de la comunidad, porque ellos querían vivir. Así de fácil se escucha.


“Nos asedian con armas ilegales. No sé el calibre, porque… yo le puedo dar a usted el nombre de variedades de maíz, pero el calibre de un arma no se la manejo. Pero eran armas bien grandes que daban miedo. La última vez que me quemaron el rancho, mis hijas estaban sembrando un arrozal y fue tan difícil… saber que era la cuarta vez que veía a mis hijas llorar, que nos envenenaban los pozos [de agua]. Fue difícil ver esa casa ardiendo. Los taxistas, los del cuadrante seis, siempre me veían sembrando y ahora ahí, esperando a que el fuego se apagara. Era mucha consternación”.


Las empresas de comunicación, como Teletica y Repretel, ya no aparecen en el radar de esta comunidad, luego de que en meses anteriores, cuando la comunidad tomó la decisión de cerrar el puente del Grande de Térraba en Palmar Norte, sí eran noticia. Ahora, como dice Flor “ya no les interesamos, ya no somos noticia”.


Fotografía: Jose David Quirós León.

“Esta lucha la empezamos solos. Ahora, gracias al cierre del puente y la difusión de los medios de comunicación, WhatsApp y Facebook, contamos con más ayuda de otros movimientos. Tampoco esperamos que nos sigan acompañando, pero entre más gente que se nos una, más posibilidades hay de volver a trabajar la tierra que es nuestra”.


Le pedimos a Flor que nos llevara a su parcela para entender, de primera mano, cómo ha sido la reconstrucción de casa, pero sobre todo cómo se prepara para levantarse todos los días con miedo a la posibilidad de no poder volver a acostarse en el mismo colchón.


Luego del ride que nos dieron unos de los compañeros de la comunidad, llegamos a la parcela de Flor. Como ella misma nos dice: “Vamos poco a poco. Hemos levantado la mitad de la casa”, y es que en verdad aún no estaba cerrado uno de los costados de la casa, razón por la cual, cuando llueve, es difícil dormir por las noches, ya que se mete todo el agua. Hace poco, Flor nos envió con alegría un mensaje de WhatsApp con la foto del rancho terminado.


“Ahora tenemos más que antes. Ahora tenemos la atención del gobierno y las ayudas que presta el IMAS. En colectivo se hace todo más llevadero. Las asambleas del grupo, para nosotros, son bastante saludables, porque todos tenemos historias similares y nos reconfortamos. Lo importante es tener el mismo objetivo, el de recuperar nuestras tierras. Ya para nosotros es suficiente, ya no aguantamos un desalojo más. Por eso, tomamos el puente, porque no van a volver a pasar por encima de nosotros. La tierra es de quien la trabaja, es del pueblo”.


En la parcela de Flor, nos aparcamos a ver el atardecer desvanecerse. Ella y su esposo nos iban enseñando cada centímetro de su terreno, y no había ni un solo espacio que no empezara a ser sembrado de nuevo. Restos de troncos quemados evidenciaban el paso de una ráfaga de violencia insensata. A Flor se le quebraba poco la voz, mostrando una fortaleza inconmensurable, y es que a lo hecho por el señor Óscar Echeverría y sus policías, hasta lo sembrado se le resiste.


“Los dañinos trataron de cortar la yuca para hacernos daño, pero no se dieron cuenta que era en luna menguante y entonces la yuca volvió a crecer y con muchísima más fuerza. Vieras qué buena yuca hemos comido de ahí”.


Nos devolvemos a San José, revueltos de tanta realidad imperceptible en la Gran Área Metropolitana, que se mantiene inerte, a pesar de la dinámica veloz de sus autos y sus trenes, porque posee la peor de las inercias, aquella que obvia e ignora a sus coterráneos, siendo «cómplices de un sistema que ha legitimado la muerte silenciosa», como señala Sábato en su resistencia, y se evidencia en la de Paolo, Flor y Elides.


Nosotros, como solo queremos la tierra para sembrar y poder vivir tranquilos, les somos innecesarios para sus proyectos de gran capital.
- Flor Solano
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