• Edito Estudiantil

Opinión sobre las declaraciones de Benedicto XVI

Por: María Paula Campos.


Benedicto XVI [Foto: Vatican Media/ACI Prensa]

El pasado 10 de abril de 2019, el anterior papa Benedicto XVI redactó un escrito explicando cómo, según su opinión, la “falta de Dios” y el desenfreno en los años 60 propició que la ola de abusos sexuales sucediera en la Iglesia católica.


Estas declaraciones, si bien han sido desmentidas y no han recibido apoyo por la Iglesia, resultan perniciosas por dos razones: 

  1. Al atacar la moral revisionista de los años 60 apoya indirectamente a las estructuras de poder tradicionales. Es comprensible que se haya sentido atacado por la manera en la que se manejaba el material didáctico de los sacerdotes en formación de ese entonces, en especial por lo mal visto que estaban sus escritos. Pero el cambio en la moral de la época hizo algo maravilloso, ya que se reconoció tabúes y formas de discriminación en la sociedad. La literatura y los movimientos impulsaban a la juventud a cuestionar la tradición, y para desespero de algunos, cambiaron el punto de vista de muchos. Las luchas por los derechos de los sectores vulnerados dio a relucir relaciones de poder y, entre más se empoderaban estos sectores, más fácil les era identificar dichas relaciones y denunciarlas. Entonces los sacerdotes no debían ser “seres conocedores e intocables”, sino personas que tenían una cuota de poder importante en los feligreses. Por tanto, las víctimas de abuso se callaban porque se sentían sucias porque serían mal vistas. El desarrollo del feminismo y la desmitificación del carácter de los líderes religiosos dieron pie a que las personas se animaran a alzar su voz. Vale la pena aclarar que declaraciones del anterior papa se desmienten al mencionar que muchos de los líderes religiosos acusados no fueron formados en la década de los 60 para dar a entender que esta alarmante cantidad de abusos sexuales en la Iglesia no se deben a una época irreverente, pero las denuncias sí. No es que actualmente existan más abusos que nunca en la historia de la Iglesia sino que gradualmente el acoso y el abuso sexual dejan de ser secretos familiares de los que no se habla y resulta entristecedor pensar en todas esas personas que no contaron con grupos de apoyo que las ayudaran y tuvieron que vivir con el trauma del abuso como si este fuera su culpa.

  2. Le está concediendo una justificación a los abusadores. Una manera de liberar la culpa de haber cometido tal abuso de poder es culpando directamente al ‘sistema’ o, en este caso específico, a la falta de Dios. Si bien es cierto que la manera en la que las personas fueron educadas tiene gran influencia en sus actuaciones a futuro, no se le puede achacar del todo la culpa a la educación porque desaparece la falta individual. Un ejemplo convencional está en cuando la víctima viste de manera vistosa y el atacante se cree en la libertad de dar rienda suelta a sus deseos porque “ella lo estaba provocando”. Si él fue víctima de una educación sumamente machista, ¿esto lo exime completamente del delito? No, él era consciente del mal que estaba causando y se creyó en el derecho de perpetuarlo. Los abusadores deben asumir la gravedad de sus acciones individualmente, no atribuírselas a una época; muchísimo menos a una que nada tuvo que ver con estas conductas aberrantes.

En mi opinión, la mejor posición que debe tomar la Iglesia –y, a decir verdad, toda la sociedad en general- para abordar este tema es contribuir a que las personas se sientan seguras a la hora de denunciar, porque todavía hay víctimas que son llamadas mentirosas, ridiculizadas, desprotegidas e incluso asesinadas.


¿Por qué dejar que alguien tema ejercer su derecho? ¿Por qué cuando se acusa a quien ostenta poder, la avergonzada sigue siendo la víctima y no el perpetrador? Es necesario que así como las personas apelan a la presunción de inocencia, se comprometan a proteger a los más vulnerables. No podemos regresar a una época llena de sumisión en el que se veía de manera incrédula a quienes acusaban.


Tamizar los hechos con nuestros complejos y predisposiciones lo único que conseguirá es victimizar y re-victimizar al agredido. No haremos ningún favor a la sociedad si anteponemos creencias y formas de pensar acorde a lo que la masa promulga. Es tiempo para pausar el impulso de la primera impresión y cambiarla por la comprensión, la tolerancia y el respeto.




María Paula Campos, estudiante de derecho en la UCR y enseñanza del inglés en la UNED.

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