• Edito Estudiantil

Politizar las canchas

Una crónica sobre fútbol y feminismo


Por: Priscilla Alfaro Pereira


Esta cancha, como la calle, no es un espacio concedido, no ha sido entregado ni puesto en nuestras manos, es –en cambio y en todo momento- un lugar de disputa y resistencia.

Es un martes al mediodía y al otro lado de la cancha Asunción se barre derribando a la jugadora contraria que corría en dirección al marco con una izquierda amenazante. Semanas atrás, Asu jugaba por primera vez al fútbol mientras aprendía cómo rematar “con el borde interno”. Fue en aquel entrenamiento bajo un sol imbatible en el que Isabella explicaba la táctica del juego y dibujaba en el aire, como dirigiendo una orquesta, la trayectoria que debía seguir el balón.


Algo inusitado se agitaba, como un animal submarino, entre las aulas hasta alcanzarnos: nos preparábamos, por fin, para el primer partido del equipo femenino de Filosofía. Fuera de la cancha, dos ambientes: la hinchada feminista siempre expectante y quienes, como mirando un incendio a lo lejos, cruzan la calle incrédulos. Estos últimos se acercaban a hurtadillas preguntando en los pasillos qué ocurría, por qué de pronto se podía escuchar la risa cómplice y los gritos de gol. Una risa y unos gritos nuevos y desestabilizantes: los de mujeres inscritas en una carrera –en gran medida- masculina donde, para existir, no tenemos otro camino que la organización y la resistencia.


La noche anterior al encuentro, como si se tratara de un mundial mayor, no dormí ni una sola hora. Con los ojos abiertos mirando hacia el techo recreaba grandes momentos del fútbol en mi vida: Francia 98, visto en blanco y negro desde el único televisor que teníamos en casa y al cual nos reuníamos como un oráculo buscando pistas o presagios; y la primera escuela de fútbol a la que ingresé, donde debía cambiarme encerrada en un baño individual porque en el camerino todos eran varones. Luego de los entrenamientos, mi papá ponía su mano sobre mi hombro y me decía con una dulzura inusitada: “esa jugada por la banda derecha fue la mejor de todo el partido”. Y luego, tratando de vencerle el pulso al calor, comprábamos bolis con sabor a crema o chicle y caminábamos varios kilómetros hacia la feria del agricultor en Desamparados. El uniforme lo escondíamos entre las bolsas porque “mamá no se puede dar cuenta de que venís a entrenar”. Mi papá, sin saberlo, me enseñó con el fútbol dos cosas imprescindibles: el goce nuevo e inexplorado de la mentira (para explicar por qué tenía que esconderme para practicar fútbol hace falta otra crónica) y que ser la única mujer en el campo no era otra cosa que politizar el esfuerzo de mi cuerpo.


Ahora, casi 20 años después, entiendo que todo lo que me salvó del mundo no fue otra cosa que el fútbol. De pronto, se hace visible el duelo que atravesé a mitad de la adolescencia cuando, frente a la amenaza de perder el año escolar, preferí consumirme en las aulas anunciando el retiro más temprano y desgarrador pero menos mediatizado de la historia. Nunca existió ni existirá un titular que diga: “alguien, en un cuarto pequeño y con el corazón roto, guardó sus uniformes de fútbol en bolsas plásticas que dejó junto a la acera uno de tantos jueves que pasa el camión de la basura”. Sin embargo, diez años después, recibí un mensaje que decía: “¿Querés jugar con las compañeras de filo?” Y la sonrisa de la niña que vestía el uniforme de su equipo encerrada en un baño, volvió como regresan las cosas que nunca seremos capaces de olvidar y que, en lugar de acercarse a nosotros con lentitud de un buzo bajo el agua, nos golpea como un látigo: sin anuncio y de manera implacable.


El día había llegado, la hinchada y los incrédulos se hicieron presentes en un gimnasio atiborrado de gente que parecía estar frente a la tarea de leer un mapa recién encontrado. ¿Qué nuevo lugar era este que emergía? Alguien me pasó la bola y rematé con todo frente a un marco sin portera. La red temblaba y volví a rematar muchas veces hasta sentir el músculo hirviendo. Me pregunté: ¿de dónde proviene esta fidelidad por la furia? mientras advertía en aquel gesto el placer que sentimos al redimirnos, aunque nos reconozcamos derrotados incluso antes de iniciar el partido.


El pitazo inicial indicaba que el primer movimiento del balón pertenecía al equipo contrario que, por cierto, vestía un implacable uniforme negro que hacía ver nuestras ropas como un desatino; pues ni el uniforme que no teníamos ni la conformación del equipo parecía tener congruencia. Algunas, incluso, ingresaron por primera vez al equipo el día del partido con un par de tennis rotas colgando en los hombros, mientras levantaban la mano solicitando el pase. El encuentro -por si alguien creyó que el fútbol femenino es cualquier otra cosa menos roce- pronto se convirtió en una contienda que no cesaba en el número de barridas ni de codazos. En algún momento me acerqué por la banda izquierda y a punto de rematar armada de valor, sentí en mi tobillo, propinado por una barrida contraria, el ardor de una cortada mientras caía al suelo. Observé cómo en segundos un hilo de sangre descendía por la media. Las compañeras llegaron a mi auxilio y alguna de tantas manos extendidas me levantó para seguir en marcha. Un griterío incontenible llegaba desde la gradería. Como es común en jugadas de táctica fija, dos de nosotras, reunidas en el punto de la falta, conversaban sobre la conveniencia del balón globeado o el pase raso. Finalmente, como todos los tiros libres, es un problema de altura y distancia. Al frente una línea de cuerpos tiene como tarea impedir el ingreso del balón: un ejercicio que siempre consideré suicida pues me remite al paredón de guerra y al momento anterior a la pólvora y la bala, cuando el anuncio del disparo es ya el golpe implacable de la muerte. En la barrera, las jugadoras cubren sus cuerpos según un veloz y poco riguroso ejercicio de selección en el que eligen proteger lo que consideren importante para seguir con vida en el juego. Nunca se duda tanto de nuestra capacidad de decisión como en el momento en que un balonazo nos abre la boca pues la mano que debió cubrirla mantuvo al pecho generosamente protegido. Por otro lado, se cree que el lanzamiento lo realiza una única jugadora, pero nos equivocamos: nadie en el fútbol ha pateado un balón a solas. Nuestra jugada, que en el medio futbolístico llaman “de pizarra”, fue rápidamente leída por las defensoras y ese primer acercamiento al gol fue apenas un roce tenue en el marco contrario.

Gritar gol: esa pequeñísima palabra que todos amamos y que es, al mismo tiempo, la herida y la cura. Ilustración: Daniela Rojas Arias.

El primer tiempo tuvo un ritmo incansable. Todas, como animales heridos, corríamos con el rostro hinchado de sangre buscando con apetito que el balón ingresara a las redes. Pocos minutos después cayó el gol de ellas. Bajamos los ojos como buscando alguna respuesta en esos pies cansados. De pronto, muy cerca del final, Isabella -con un pincel en el pie- dibujó una línea perfecta de pase que alcancé a recibir casi en el suelo sosteniendo el peso de la portera y la defensa sobre mi cuerpo. Cuando caí, mirando al marco, lo más hermoso estaba ocurriendo. Escuché un grito de gol desde las graderías y esta vez la mano que me levantaba nuevamente del suelo abrazó mi cuerpo en un gesto que era la alegría del equipo entero. Gritar gol: esa pequeñísima palabra que todos amamos y que es, al mismo tiempo, la herida y la cura. Gritar es, en todos los escenarios, una manera de afirmar la existencia: gritamos al nacer para llenar nuestros pulmones de aire, y así entendemos la vida. El grito de la manifestación pública, como el que tiene lugar en el campo de fútbol, nos habla que en lo colectivo emergen todas las cosas que afectan de alegría nuestro cuerpo. Es la otredad, como el equipo, donde podemos no solo gritar sino exigir y sentirnos profundamente escuchadas, ese grito que existe para decir: rompimos alguna red contraria.


Esta cancha, como la calle, no es un espacio concedido, no ha sido entregado ni puesto en nuestras manos, es –en cambio y en todo momento- un lugar de disputa y resistencia. La toma del espacio, la formación de nuevas relaciones que emergen de ese atrevimiento de darnos algo que se nos niega socialmente y ese apetito de afirmarnos es la forma de transformar la existencia en algo más vivible y gozoso. Fuimos el primer equipo conformado por mujeres (algunas no entendemos esas barreras de género pero las politizamos) de la Escuela de Filosofía, esto es igual a decir que la historia no podrá ser nunca más contada de la misma forma pues hemos ingresado en ella como una interrupción o, preferiblemente, con la fuerza demoledora de una dinamita.


Finalmente, lo que nos importa del fútbol no es descansar sobre “la emoción [que hallamos] en el ocio”, sino apuntar que nuestra presencia en las canchas, en las calles y en las aulas tienen algo en común: la lucha y el goce por deformar la demanda de la moderación, de arrasar con las restricciones de la conducta, de encarnar el feminismo para arrebatar esos espacios en el juego, la calle y las aulas donde con el cuerpo herido o lesionado por fin nos alcanzamos.

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