• Edito Estudiantil

Representaciones y elaboraciones de la homosexualidad en la literatura costarricense

Por: Albino Chacón Gutierrez.

*Este artículo se publicó originalmente en la revista Ístmica de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional.


“Rua da Saudade“ por Leo Mora (litografía, 2017).

En la historiografía literaria costarricense es evidente el lugar de una ausencia: la no consideración de la existencia de una serie particular constituida por textos literarios gay/lésbicos publicados a lo largo del siglo XX y lo que va del XXI. Este artículo constituye un ejercicio por ubicar el lugar de esos textos en nuestra historia literaria y cultural.


Los primeros en el siglo XX: un panorama de dos

Sin afanes de exhaustividad, pues el corpus es bastante amplio, sobre todo a partir de los años 80, el objetivo de este artículo es mostrar las tendencias o líneas temáticas principales de la serie literaria homosexual en la literatura costarricense, para lo cual se han seleccionado algunas de las obras y autores que, históricamente, aparecen como más relevantes dentro de esa serie. En 1914, el escritor Jenaro Cardona (1863-1930) publica La esfinge del sendero. En 1905 había publicado El primo, novela en la que buscaba mostrar la vida urbana en el San José de principios de siglo y la influencia de los nuevos valores mercantiles en la descomposición y desmoralización de la vida social, ello debido al paso de una sociedad que ya abandonaba el patriarcalismo campesino y en la que la urbanización, el dinero y la riqueza comenzaban a jugar un papel esencial. Esa primera novela insiste en la línea de sentido de otras obras de la época que sostienen la tesis del enfrentamiento entre campo y ciudad, esta última como un espacio de vicios y decadencia, frente al mundo natural y virtuoso del primero.


Junto a esa oposición, Cardona plantea otra, al considerar que las malas influencias vienen del extranjero y que estas corrompen, rompen el equilibrio y son causa de la descomposición del entramado social del país. Esta situación la va a aprovechar para plantear un aspecto central en la novela que nos interesa, La esfinge del sendero (1914), el cual tiene que ver con el profundo anticlericalismo de las ideas liberales de Cardona. En la novela se plantea, de una forma absolutamente frontal, un tema inédito hasta entonces en la literatura nacional: la homosexualidad sacerdotal. El Padre Hans, venido de Polonia, es profesor en un colegio seminario, donde hace intentos por seducir a Rafael, joven seminarista de origen campesino. No lo logra porque Rafael se opone con firmeza a los impulsos del sacerdote. Esta es la primera referencia a una aventura homosexual, cualquiera que esta sea, que encontramos en la literatura costarricense. Es importante señalar que en este caso lo que interesa al narrador no es el lance homosexual en cuanto tal, sino mostrar a través de él lo que constituiría la muestra de una perversión de la clase sacerdotal, una prueba de la hipocresía de la Iglesia.


En general, en la literatura de ese período y en las décadas siguientes, es muy tímido el tratamiento del placer sexual y la relación erótica extramarital. Debió pasar medio siglo para que surgiera otra novela en la que el tema de la homosexualidad se trata de manera abierta y de una manera totalmente distinta. Hablamos de la novela La isla de los hombres solos, publicada en 1963, y cuyo título mismo es bastante elocuente para el tema que nos ocupa. Su autor, José León Sánchez (1930), la escribió durante sus años de reclusión en el presidio de la isla de San Lucas, en el Pacífico costarricense, famoso por la brutalidad con que eran tratados los prisioneros.


La novela muestra escenas de la brutalidad policial que viven día a día los prisioneros. Esta situación es constante, excepto cuando en las noches la vida se transforma y los prisioneros, además de algunos de los guardias, se transforman y viven una vida sexual desenfrenada, travestidos algunos de ellos y quienes hacen las veces de mujeres que se ofrecen, sea mediante la prostitución, o convirtiéndose en amantes de otros prisioneros. El número de páginas que la novela dedica a estas situaciones casi compite con las dedicadas a la violencia bruta, lo que indica la importancia que la actividad sexual tiene entre los prisioneros. Es como si las relaciones sexuales, el comercio carnal, así como el establecimiento de verdaderas relaciones amorosas entre los prisioneros constituyeran una tabla de salvación ante la violencia cotidiana y la tortura. Por su parte, el narrador se cuida en todo momento de hacer saber al lector que él lo cuenta como testigo y no como protagonista de esa profusa actividad sexual, a la cual no duda en calificar en diversos momentos de “vicio” en que caen los hombres en la cárcel: él no.


El marco en que se presenta la homosexualidad es el de los arrebatos y de una conducta carcelaria relacionada con el ámbito social de la delincuencia. La total libertad, incluso crudeza, con que Sánchez describe el travestismo, la promiscuidad y en general las relaciones sexuales en el presidio, ratificaba los estereotipos negativos imperantes en la sociedad costarricense sobre la vida homosexual. De ese modo, la novela de Sánchez confirmaba, en otro ámbito social, la misma línea de sentido que ya estaba presente, cincuenta años antes, en la novela de Jenaro Cardona: la homosexualidad como una aberración, en un caso, en la conducta del clero; en el otro, la sexualidad homosexual como una conducta propia de delincuentes. Las dos obras transmiten, entonces, una visión fuertemente negativa sobre el tema. En La esfinge del sendero, la voz narradora se refiere a ella como “tremendos extravíos en que suelen caer por no se sabe qué horribles y misteriosas degeneraciones, ciertos seres depravados, que constituyen el último eslabón de la animalidad. ¿Con que era cierto que existían tales perversidades?” (Capítulo XV).


En el caso de La isla de los hombres solos se le asocia con los términos de “extravío”, “lacra” y “vicio”, como lo ejemplifica la voz del narrador: “Dichosamente no caí en las garras de tal vicio, que siempre coge por la garganta a un ochenta por ciento de los presidiarios [...] El bien no tiene razón de ser y la más descarada de las aberraciones se convierte en pan cotidiano” (p. 77).


Referencias de este tipo son constantes, como sospechosamente también son constantes las descripciones pormenorizadas que el narrador hace de esos “extravíos”, producto de la soledad y de la ausencia de mujeres, lo que habría determinado el título mismo de la novela. Lo que había pasado en la escritura literaria, con el tratamiento marginal o del todo ausente de la homosexualidad o de la sexualidad misma, nos muestra la estricta política de control que la sociedad costarricense ejerció a lo largo de la primera mitad del siglo XX sobre el cuerpo y la sexualidad y sus posibilidades de manifestación discursiva. La literatura no estuvo ajena a ese disciplinamiento del orden discursivo y se hizo eco de esas restricciones políticas, culturales y sobre todo religiosas.



La sala se abre a múltiples ventanas

De referencias que marginalizaban todo lo que tuviera que ver con la homosexualidad –como lo hemos visto en los casos de Cardona y Sánchez–, en el mundo literario costarricense de la segunda mitad del siglo XX se inició un proceso de cambio, específicamente a fines de la década de los sesenta. El pionero es Alfonso Chase (1944), quien comenzó a escribir sobre el tema, no abiertamente en un principio, pero sí a partir de una nueva sensibilidad que anunciaba una intención de sacar del closet literario, ya no solo el tema de la homosexualidad, sino en general el de la sexualidad misma y las relaciones con el cuerpo que ello implicaba. Chase es el primer escritor costarricense que se asume públicamente como gay; de ahí su importancia como vector cultural de una nueva actitud en la historia literaria del país en los últimos treinta años, al colocar la piedra angular del inicio de una nueva serie literaria que identificamos plenamente como literatura gay/lésbica. Su primera novela corta, Los juegos furtivos (1968), título bastante sugerente por cierto, es una novela de iniciación, de aprendizaje de un joven escritor, que se desarrolla mediante los recuerdos del protagonista, en un monólogo interior desdoblado (el narrador le habla a un tú que es él mismo), y quien creció en contradicción con el medio social y familiar, y en constante búsqueda de identidad. Esa búsqueda está marcada por inquietudes, frustraciones, angustias y un mundo velado que pervive en las relaciones familiares, amistosas y sexuales, siempre de una manera furtiva, en donde lo sexual queda en una zona indefinida, umbrosa.


El tema homoerótico es tratado por Chase, tanto en su poesía como en su narrativa, de una manera más bien discreta, aunque con los años adquiere contornos más precisos, como es el caso de algunos de los cuentos del libro Mirar con inocencia (1973), siempre dentro de la tesitura de hombres jóvenes que descubren poco a poco la atracción entre sí, pero sin que esa relación tenga posibilidad de evolucionar más allá. Así sucede con el niño protagonista del cuento “El hilo del viento”, como si el escritor mismo contuviera esa posibilidad, o si con ello quisiera expresar la imposibilidad social, y sobre todo familiar, de una relación amorosa homosexual abierta: el amiguito del protagonista es asesinado por los hermanos mayores de este ante el peligro que representa. En Cara de santo, uñas de gato, libro de cuentos publicado en 1999, Chase volverá sobre el tema de manera más manifiesta: de los ocho cuentos que integran el volumen, cuatro de ellos son abiertamente homoeróticos.


La puerta que en un principio entreabrió Chase será abierta plenamente por otros escritores a partir de la década de los ochenta. En 1983, José Ricardo Chaves (1958), uno de los escritores actuales más importantes en el campo de literatura homoerótica costarricense, gana el premio Joven Creación, de la estatal Editorial Costa Rica, con el libro de cuentos La mujer oculta (1984). Esto marca un hito, por el reconocimiento que se da por parte de una institución estatal, caracterizada hasta entonces más bien por su carácter conservador en sus publicaciones. El libro de Chaves es un conjunto de seis relatos, tres de los cuales son de temática explícitamente homosexual.


Importante es también mencionar para esa misma época, en el campo de la dramaturgia, la obra Punto de referencia (1983), de Daniel Gallegos. En ella se explora una relación amorosa triangular en la que poco a poco se van descubriendo, entre alusiones y confesiones, los secretos compartidos y manipulaciones entre un matrimonio desgastado por el tiempo y un tercer personaje que ha formado parte de la vida afectiva de ambos. Entre lo dicho y lo apenas insinuado cada uno de los tres acepta, o admite de manera hiriente, la relación entre los otros dos. Así se devela la historia compartida entre Jorge y Esteban, en cuya vida –como en el cuento de Borges– Ana irrumpe como una intrusa, factor disruptivo –al mismo tiempo que elemento negociador de enlace– que salva las apariencias y que termina jugando el juego, amante de ambos y proveyéndoles el hijo (¡se llama Jorge Esteban!) que ellos no podían tener. Hay en la obra una zona imprecisa, ambigua que deja incierto lo que ‘realmente’ sucede y lo que correspondería a escenas propias del imaginario irresuelto del deseo y la represión. Con base en su argumento, aunque ampliando la temática con otros elementos, luego Gallegos publicará, en el 2000, una novela homónima.


A partir de esos años, ya no será necesario proceder narrativamente mediante alusiones o insinuaciones más o menos ocultas o rodeos que el lector debía desvelar. Así lo vemos en los libros posteriores de Chaves, Los susurros de Perseo (1994), entre cuyos personajes encontramos, interactuando, homosexuales, travestis, prostitutas y un cura transgresor de sus votos de castidad. Se presenta también el mundo de los jóvenes, sus ritos de iniciación sexual, sus familias, sus valores y los distintos medios en que estos se desenvuelven: el hogar, el colegio religioso, distintos espacios citadinos que les son propios y donde establecen sus relaciones de manera mucho más natural y espontánea.


El tema del SIDA y sus consecuencias ha sido inevitable. El mismo Chaves le dedica una trágica historia de amor en Paisaje con tumbas pintadas en rosa (1998). La novela trata con detalle hechos y situaciones políticas, sociales y culturales de los años ochenta en Centroamérica, y en ese telón de fondo histórico aborda un tema que, hasta entonces, no había sido tratado en la literatura costarricense: la vida y el mundo gay en los primeros tiempos del SIDA. Históricamente, José Ricardo Chaves toma el relevo de Chase, y es quien marca la ruta para otros escritores de literatura gay, tales como Uriel Quesada –a quien nos referiremos más adelante–, Alexander Obando (1958), con El más violento paraíso (2001) y Canciones a la muerte de los niños (2005), y José Otilio Umaña (1948), con Bailando en solitario (2008) y En la piel de la mentira (2011), por solo nombrar algunos de los más reconocidos.


Por el interés que tiene para los investigadores, es de mencionar la antología La gruta y el arcoíris, del escritor Alexander Obando (1958), publicada por la Editorial Costa Rica en 2008, la cual incluso financió su elaboración. Es dentro de ese campo de fuerzas que debe analizarse la pertinencia de un tratamiento literario que, aún hoy, algunos escritores gay practican, de asociar la expresividad del amor homosexual con un alto grado de erotización, ligado a una exacerbada dosis de expresividad e incluso de violencia corporal y lingüística, como si todo eso formara parte intrínseca del mismo coctel. Ejemplo distinto y paradigmático es la ya mencionada novela de José Ricardo Chaves, Paisaje con tumbas pintadas en rosa. En pocos textos como este se lee la recreación de una historia de amor homosexual tratada de la manera más transparente, cotidiana, incluso con un cierto tono de tragedia clásica, por la presencia del SIDA, y sin echar mano al recurso de la sexualidad corporal por ella misma, y mucho menos a la homosexualidad como práctica violenta y con un vocabulario no menos violento.


En la misma línea, cabe mencionar a Uriel Quesada (1962), uno de los escritores actualmente más presentes en la vida cultural del país, no solo como escritor gay, sino también como académico universitario, con múltiples investigaciones y publicaciones sobre el tema, y como activista de los derechos de la comunidad LGTB. Entre sus obras más notables se puede mencionar el cuentario Lejos, tan lejos (2004), que contiene uno de sus textos más provocadores “Bienvenido a tu nueva vida”, y de manera particular la que hasta ahora puede considerarse uno de sus textos más importantes, la novela El gato de sí mismo (2005), de hondas preocupaciones existenciales y psicoanalíticas, surgidas de las condiciones familiares y de la búsqueda de identidad del protagonista. La narrativa de Quesada puede definirse, tal como lo hice en otro lugar, como una literatura escrita desde la perspectiva de quien tiene plena conciencia de la necesidad de que esta rompa los limites del clóset, entendido este como metáfora de identidad, de represión, de espacio mental y lingüístico, de metáfora de lo inefable sexual que queda apenas sugerido.


En lo que se refiere a literatura lésbica, el primer poemario publicado en el país es Hasta me da miedo decirlo (1987), de Nidia Barboza, con la radicalidad con que ella lo hace, mediante un yo y un tú líricos claramente femeninos a la hora de declarar y manifestarse su amor. Un caso particular es el de una de las más reconocidas novelistas costarricenses, Carmen Naranjo (1928-2012), con una profusa obra, pero quien solo en su última novela, Más allá del Parismina (2000), tocó el tema de un amor lésbico, cuando Isabel huye a un territorio mítico, más allá del río Parismina, como una salida a la extrema violencia de género que había sufrido, luego de pasar por diversas y frustrantes experiencias amorosas, para terminar conviviendo con una pareja femenina. Podríamos leer esta novela como un arreglo de cuentas de la escritora consigo misma, el medio del que se sirve la autora para escribir una historia en la cual ella entrega un testimonio literario de su propia condición lesbiana, lo que no había hecho antes en ninguna de sus obras.


Este artículo ha intentado trazar los hitos de una línea de estudio particular dentro de la historiografía literaria costarricense. Queda planteado un tema y un punto de vista que merece discusiones más amplias para su análisis cultural y social, a través del estudio de una serie literaria, como hemos visto, compuesta de libros de diversos momentos de la historia literaria costarricense. Planteamos la necesidad de leer esos libros como un continuum: el de una escritura que permite visualizar los ascensos y descensos que ha tenido en Costa Rica la narrativa gay/lésbica.

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